Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Me introduje dentro de muchas de las novelas de Auster en un antiguo café, Continental, que parecía un escenario de una novela negra o un filme de Godard, situado cerca del puerto de Cartagena. Allí me entretenía observando el comportamiento de los clientes mientras fumaba un cigarro tras otro y pasaba las páginas ansioso. Sus novelas tenían ángel. Auster imprimía magia a las palabras. Las dotaba de carisma. Conseguía que volaran. Que transmitieran tristeza, extravío y calma. Su literatura era como el rock. Se movía al ritmo de la vida. Por eso intentaba leerla en los bares. Porque se expandía continuamente. Se mezclaba perfectamente con el humo, el vino y las historias pasajeras de las personas que conversaban o caminaban a mi alrededor.
Afortunadamente, Paul Auster no es Jonathan Franzen. En las entrevistas, se mostraba cordial y amable. Sin aires de superioridad. Sabía mantener el misterio sin desvelarlo del todo. Vislumbrábamos perfectamente que podíamos encontrarlo en una biblioteca pero también en un parque o un partido de béisbol. Era un escritor de tomo y lomo, pero también uno de nosotros. Admiraba a Borges. Pero no por eso colocaba a los libros antes que a la gente. Era cercano y eso nos hacía amarlo. De hecho, a pesar de que hace años que no leo una de sus novelas, sigo considerándolo un amigo. Alguien a quien le confiaría un secreto. Consciente de que no lo revelaría a nadie, pero sí lo transformaría en historia literaria. Por eso, muchos lo considerábamos un mago. Teníamos la sensación de que creaba piedras maravillosas con la tierra que se desprendía de los edificios y el barro de la calle.
Casi a todos los escritores los asocio con una música en concreto. Bien por lo que transmiten o por lo que escucho mientras los leo. A Auster lo identifico con Tindersticks. Creo que un disco como Curtains es ideal para leer gran parte de sus libros. Esas canciones transmiten idéntico sentimiento. Aunque si me tuviera que decantar por una en concreto de las escritas por el grupo británico, esa sería «Tiny tears», incluida en su inolvidable segundo álbum. Un llanto desgarrado.
En realidad, pasados los años, debo confesar que creo que una de las partes más débiles de la literatura de Auster es precisamente una de sus marcas de estilo: la importancia que le da al azar. Dicho esto, con la boca pequeña. No es lo mismo leer tres o cuatro libros suyos que veinte. Al principio, fascina. Tal vez al final canse. De hecho, me terminó pareciendo un recurso fácil para terminar novelas que ya tenía pactadas con su editorial. Un Deux ex machina de cajón con el que resolver tramas complejas y argumentos embrollados que podían acabar en un callejón sin salida. Algo lógico porque, sin ser un best-seller, los libros de Auster se vendían tan bien que creó una marca que debía responder a ciertos objetivos y expectativas. Además, seamos claros, ¿quién es capaz de mantener la inspiración durante años y años de producción? Antes o después, se ha de notar el cansancio. El asombro se convierte en normalidad y los distintivos estilísticos en rasgos vendibles que han de multiplicarse y aparecer siempre. Cierta película que dirigió tampoco ayudó a que volviera a engancharme a la cadencia de su prosa. Ese maravilloso toque poético que imprimía a cualquiera de sus textos que al final terminó pareciéndome impostado, pero que resuena deliciosamente cada vez que rememoro los días en los que leía con pasión cada uno de sus libros.
No quiero que este avería termine con un párrafo en el que podría parecer que cuestiono la literatura de Auster. Lo mucho cansa y aturde y lo breve enamora. Eso es lo que me ocurrió con su escritura. Que acabé viéndole el truco y terminé un poco saturado de ella. Pero no me desprendería de ninguno de sus libros. Los amo porque son barcos. Me invitan a viajar. La trilogía de Nueva York es un clásico. Un libro que debe estar en cualquier biblioteca. El retrato perfecto de las ciudades modernas. De los seres anónimos que las pueblan. Mr. Vértigo, un maravilloso homenaje al mundo de la magia. A las viejas historias de Norteamérica. Esas que narraba la radio en las que Houdini era Dios. El mundo surgido alrededor de la Gran Depresión. El palacio de la luna, una novela que transforma la soledad en épica y las bibliotecas y misterios en montañas. Leviatán, un movedizo retrato de esa juventud crecida entre movimientos de protesta, conciertos rockeros y poemas beat. Y, en general, toda su literatura, un testimonio muy logrado de lo que supone vivir en un continente y un país alejados tanto del padre histórico, (Europa), debido a la geografía como del padre metafísico, (Dios), debido a su sustituto, (el dinero), y el escepticismo crecientes. Una hermosa montaña llena de personajes perdidos que no cesan de buscarse a sí mismos. Shalam
1ºimagen:…..esa capacidad de poner el ojo a ras del parpado superior(«no es pais para viejos»2007)….idea fija……..yo se que te lo vas a jugar al cara o cruz ……. se lo que voy a hacer con tu suerte……pongo mano en pared por lo del pasillo prensa………….jajajjjj……..
2ºimagen:….mucho gañan y tratante de campo……byrah-birah en indonesio = lujuria……la pera limonera…..
3ºimagen:……aqui hay mucho arte!!!!!!!!……………
4ºimagen:……dos compinches……….
5ºimagen:….tindersticks no los conocia (se ven muy europeos)….amables y como dicen voz algo crooner…..
6ºimagen:……el colega paul auster antes de la entrevista………………
7ºimagen:……edificio de palabras…..casualmente este mediodia he visto en el telediario la obra publica de jaume plensa para los sanitarios fallecidos del covid19, madrid -18-12-20….(una sola idea es suficiente!!!!!!) ………….y despues a aplicarla sin remedio (la pela es la pela)………..jajajajjjj………
1) Logré ser un gran escritor. Eso ya nadie lo podrá borrar. Nadie. Trascendí. 2) El pasado siempre es más tranquilo que el presente. 3) Demasiadas palabras mientras el mundo se destruye. 4) dos actores cómplices 5) tindersticks grandes. 6) ¿Debo dar las gracias a Dios o al azar ser tan gran ecritor? 7) Menos estatuas y más remedios reales. El arte convertido en demagogia bonita.