Un esclavo
Es difícil que un pequeño ensayo haya sido más citado en nuestra cultura durante las últimas décadas. Me refiero, claro, a Kafka y sus precursores....
En fin, he escrito las líneas pasadas tras la lectura de dos intensos y notables textos: Principio de Gravedad de Vicente Velasco y Llegada a las islas de José Óscar López. Ambos dos son conocidos míos. Un hecho que, supuestamente, me incapacitaría para mencionarlos en Avería. Pero me ocurre al revés. Porque esta supuesta prohibición me da alas. Me hace deslizarme a través de las olas de un océano cuyos límites desconozco sin cesar de reírme. De hecho, últimamente he leído muy buenos libros pero sólo me he sentido motivado a escribir sobre los escritos por personas que conozco. Pues al menos, a día de hoy, en lo que a mí se refiere, la dinámica de la vida se ha impuesto a la de la literatura consiguiendo que el texto que leo y disfruto o aborrezco, sea mucho más importante para mí e incluso me remita a aspectos diferentes de lo puesto en papel, si conozco a las personas que lo urdieron.
Principio de gravedad es el retrato de un funeral. El de un alma atormentada que busca en el recuerdo de los símbolos familiares un asidero para huir del infierno. O mejor, permanecer en él, pero encontrando un sentido. Ahí radica tal vez la fuerza de este negro conjunto de versos: en su obsesión por dejar testimonio de su martirio y redención. En la habilidad con la que el poeta (o el muerto) disfraza su sufrimiento con un traje vetusto y elegante, lleno de costras y cicatrices, para seguir incursionando en los agujeros arcaicos de su memoria aun con mayor insistencia.
Al contrario que Principio de gravedad, Llegada a las islas es una fiesta. Una celebración de la perplejidad. Una partida de póker con el lenguaje. Un asalto a lo insólito. Un vórtice situado en una colina emergente, sobre algún océano perdido, desde la que se mira hacia las más arriesgadas aventuras lingüísticas y filosóficas del pasado siglo. Es una cabeza de Jano que lo mismo contempla -sin necesidad de citarlos- en un poema a Wittgenstein, Lewis Carroll, Roberto Juarroz o Francis Bacon que a las excursiones críticas de magos y chamanes literarios como Gilles Delleuze, Felix Guattari o Jacques Derridá (¿alguien puede en serio afirmar que eran filósofos?). Un espejismo de bosques poéticos cuya función parece ser, en esencia, la de querer disolverse conforme navegamos por sus columnas de madera.
Principio de gravedad y Llegada a las islas son, cada uno a su manera, dos textos ambulantes. Realizados desde el vórtice. Buscando nuevos grados de la escritura. Rebelándose a ser controlados o encasillados. Luchando por explosionar de algún modo. Encontrar -en el caso de Vicente Velasco- el rincón donde las magdalenas no traen consigo recuerdos sino los rumores de algún futuro tardío y -en el caso de José Óscar- aquella esquina dentro de la Biblioteca en la que los libros, imitando el lenguaje de los pájaros, se ponen al fin a cantar haciendo agua cada una de sus páginas. Shalam
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