Sergio Pitol: las máscaras del viajero
Debido a que hoy, viernes 3 de mayo, voy a participar en la Feria del libro de Xalapa presentando el ensayo Sergio Pitol: las máscaras del viajero,...
«El día 24 de mayo del año del 1816, el espíritu del escritor Alejandro Hermosilla realizó una de sus presentaciones de libros más extrañas. Por lo general, aquel artista con alma de hechicero solía quemar sus propios libros delante de los presentes, untarlos con su sangre o despedazarlos en ollas revueltas de agua caliente llenas de víboras y mierda. Pero aquella noche de primavera, el espíritu de Alejandro Hermosilla actuó de manera diferente. Se dirigió a un cementerio, encendió tres velas y un candelabro y comenzó a hablar al vacío. Probablemente, porque se encontraba en la villa de Alcantarilla o como la bautizaron los musulmanes durante los siglos en los que en todas las puertas y comercios del pueblo se escuchaban narraciones de Las 1001 noches, Al-quantara, -“la ciudad del puente pequeño”-.
Exactamente, para el espíritu de Alejandro Hermosilla, Alcantarilla siempre había sido un pueblo especial. Una balsa de calor y arena por la que se sentía atraído morbosamente puesto que en sus calles y subterráneos había penetrado en secretos arcanos que en su ciudad natal, Cartagena, apenas intuía a través de la lectura de libros antiguos. Es bien sabido, por ejemplo, que en las proximidades de lo que fue la Casa del Santo Oficio de la Inquisición -más conocida con el nombre de las Cayitas- quien se agache y mantenga sus oídos pegados al suelo durante varios minutos, puede escuchar gritos de hombres y mujeres acusados impunemente de traiciones, superchería y robo por los rojos sacerdotes pertenecientes a la Inquisición.
En cualquier caso, abrumado al contemplar la ciudad de Alcantarilla demolida, el espíritu de Alejandro Hermosilla, perdido y sin esperanza, comenzó a dejarse ir entre los muertos. Dialogar con ellos. Y decidió quemar su novela Bruja leyendo una a una sus páginas envuelto en un círculo de fuego mientras recitaba con voz dulce y clara las primeras palabras del libro: “Zoh-nuhf-ron-son-juhuz-go-say-loh-tan-run-kah-luhtz-kah-dos-suh-gohj-zoh-buh-ran-zon-roh-ruh-ee-toh-nahts-pub-suh-chol-guh-ran-ah-toh-mah-luh-dahs-zijomouk-sobet-noilm-za-vaxo-quehai-abamo-noqueto-nayi-cosai-luram-thepasotoi-zijaronai-flux-lurtha-mugei-yxze-ich-ysahohiroreth-bin-antqueus-damian-azatoth-onr».
Palabras que marcaron el final de una transmigración porque Alicia Hermosilla se había apoderado del alma de Alejandro Hermosilla Su vestido de bruja se había unido a él, como si estuviera atravesando el otro lado del espejo, y finalmente, Alejandro Hermosilla había mutado en Alicia Hermosilla.
Frases soñolientas y ensangrentadas que le permitieron comprender a los escasos restos del espíritu de Alejandro Hermosilla que aún quedaban con conciencia a qué respondía su interés oscuro por el pueblo de Alcantarilla puesto que las compuertas que separaban el mundo de los vivos del de los muertos se habían roto definitivamente. Y la muchacha quemada viva que un día fue, volvía a renacer perseguida, eso sí, por carceleros que la obligaban a caminar como un perro a través de casas derruidas y viscosas por las que resonaban martillazos que anunciaban el fin de los tiempos mezclándose con los aullidos de seres monstruosos que gritaban con ánimo sanguilonento «Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu», como si un gigantesco vestido de bruja estuviera siendo desvelado, ocultando el cielo y la tierra. Y, en definitiva, la hechicera Alicia Hermosilla no tuviera otra posibilidad que la de volver a rememorar una y otra vez la noche en la que había sido quemada siglos atrás en Alcantarilla debido a la intolerancia de hombres que levantaban cruces donde empalarla ante sonrientes gobernadores y políticos.
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