Rubén Espinosa
México es un país donde el único derecho que existe es el derecho a morir. En el que la Constitución (real) indica que escribir tres artículos en...
La performance es, en gran medida, una simulación. Ofrece la ilusión de que algo va a suceder (o podría acontecer) para finalmente constatar la imposibilidad de cualquier transformación que pueda variar el status quo establecido. Por lo que a los performers no se les pide tanto que con su actuación precipiten un cambio sino que generen los medios para que ese acontecimiento (la performance) que debería provocar la ilusión de una modificación (la cual ya se sabe de entrada que nunca se producirá), se lleve a cabo. No se suspenda. Se les exige, por tanto, que generen la sensación de que algo realmente está pasando aunque, en el fondo, sea para que no mute nada, como Lampedusa, aquel fino observador de las performances políticas (y artísticas) europeas del pasado siglo, decretara en su célebre El gatopardo.
En cierto modo, una performance siempre se encuentra destinada a decepcionar. Pues provoca una expectación que no se corresponde ni con la magnitud ni el riesgo o incertidumbre generados por el acontecimiento. Como es el caso, por ejemplo, de los reiterados debates entre contrincantes políticos donde realmente no se encuentra casi nunca en juego el resultado de las elecciones y cada uno de los boxeadores (o ilusionistas) sostiene un programa político que saben que traicionarán (aunque cínicamente se empeñen en lo contrario) al llegar al poder. O también ocurre con los constantes sloganes que nos advierten de que el próximo partido de fútbol será el del siglo, generando falsas polémicas y rivalidades irreconciliables, anticipando erróneas expectativas y una más que segura decepción, de la cual se nutre el capitalismo para realizar su posterior trabajo de demolición: insertar nuevos objetos de ocio dentro de la sociedad para fomentar o bien el consumo normativizado en los centros comerciales o bien el nocivo consumo de drogas maquinales y explosivas, a través del que desintegrar la capacidad de reflexión, análisis, unión y combate de los ciudadanos.
La inmensa mayoría de los actos políticos no se encuentran tan lejos de los filmados por Luis Buñuel en su excelsa El discreto encanto de la burguesía. Son, con matices, bastante comparables. La imposibilidad de los burgueses retratados por el genio aragonés de sentarse a cenar y disfrutar de un lujoso ágape me remite a la imposibilidad de que suceda algo real, auténtico, verdadero en cualquier reunión, pacto, negociación política. Los actores se sientan en torno a una opulenta mesa pero no cenan porque, en realidad, lo que ocurre a continuación es una representación de una cena. ¡La per-for-man-ce!. Ya que, al fin y al cabo, todo aquello que tenían que discutir y pactar ya había sido decidido y firmado mucho antes por las élites económicas sin, por supuesto, tener en cuenta a la población frente a la que, sin embargo, se desarrolla un acto que es, en esencia, pura perversión, tal y como hemos comprobado en muchas ocasiones: las elecciones desarrolladas cada cuatro años en los estados partidocráticos, los (falsos) debates en torno a reformas cuyo destino no es otro que imponerse sí o sí, las portadas de los diarios más leídos, los telediarios, los atentados de falsa bandera y el constante surgimiento y renovación de estrellas pop cuyo mayor logro consiste en su capacidad de venderse a sí mismas. La facilidad con la que derriban con un solo hit, un movimiento de trasero y una exacerbante frivolidad a prueba de cualquier análisis crítico, bastiones simbólicos que han sostenido durante siglos a civilizaciones sedadas o shockeadas actualmente por las bombas neoliberales.
Exactamente, las reglas del juego político cambiaron durante la Guerra Fría y se exacerbaron tras la caída del muro de Berlín. Anteriormente, se hacía la guerra. Ahora se escenifica la guerra y la negociación. Baudrillard tenía razón. La Guerra del Golfo no tuvo nunca lugar. Como tampoco hubo bombas nucleares en Irán ni probablemente Osama Bin Laden fue capturado, como reza la versión oficial o, actualmente, existe dinero. De hecho, ya todo es deuda. Promesa de pago. Moneda virtual. Cifras electrónicas. Billetes sin respaldo más allá de las armas. Farsa feroz cuyos actos y movimientos se van produciendo según lo necesite el poder. A medida de los golpes de efecto que desee dar.
Sí, efectivamente, las tornas se han invertido tanto que los artistas son ahora políticos y los políticos, artistas. De hecho, esto es lo que ha provocado que una actividad fuera de toda regulación y, afortunadamente, lejos del control hasta hace bien poco de las universidades como las performances se hayan convertido en una de las bellas artes: la necesidad de las élites no ya de contar con pintores, escultores o músicos que decoren sus mansiones y amenicen sus reuniones sino de políticos a los que se les paga por representar un papel continuamente. Hablar, discutir e insultarse y casi pelearse durante días, semanas, meses, cuando, en realidad, la decisión sobre cualquier asunto -y el caso de Grecia actualmente es un claro ejemplo- ha sido ya tomada con mucha antelación.
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