Schattenboxen
Schattenboxen es un saco de cemento. Un conjunto de poemas que podría haber sido compuesto por un boxeador puesto hasta las cejas de cocaína. Pero,...
Homoconejo es un texto sampler. Un altavoz que difunde incesantemente una sola frase a lo largo de todas sus páginas: “Al eyacular, todos los conejos macho se desmayan. Al eyacular, todos los conejos macho se desmayan”. Un teclado del que emergen sonidos disformes que momentáneamente se convierten en bellas melodías o ruidos. Un texto de muchos textos y que, gracias a todos esos otros textos, maúlla como un conejo-gato o un gato-conejo intentando esquivar las influencias.
En fin, Homoconejo es más un réquiem por la cultura trash que una fiesta de celebración. Y, a su vez, es tanto una indigestión de pop como una invitación a introducirnos en la cuarta dimensión. La pantalla inmóvil de un videojuego. Porque, en realidad, es un flash. Un libro polo que se bebe y saborea mejor con la lengua que con el intelecto, con los sentidos que con las palabras y se sostiene mejor agarrándolo con los pies (o pezuñas) que con las manos. Aunque lo cierto es que a Homoconejo, como a toda obra esquizoide, es tan fácil definirla por sus negaciones que por sus afirmaciones. Siempre acabaremos en el mismo lugar. Ninguno. Porque todo es otro lugar. Y otro lugar es todo.
Homoconejo, sí, es un máquina de pinball cuya bola es la cabeza de los lectores. Un prostíbulo donde las mujeres no follan sino que son fecundadas y se escucha insistentemente música comercial anunciando desodorantes. Es una novela en la que, en cualquier momento, podría aparecer Santiago Auserón cantando “La estatua del jardín botánico” ante un grupo de empresarios anónimos de una corporación y Los Belones se convierte en una población cima de la modernidad. Y es también un pliegue surgido de una novela de Philip K. dick o más bien, de uno de los sueños del escritor norteamericano o de una de sus pesadillas.
Realmente, tengo la sensación de que Alfonso García Villalba no ha compuesto un texto sino un disco. Porque utiliza las frases como chicles. Dotándolas de elasticidad y rapidez como las notas musicales de una sinfonía loca. Que, en realidad, Alfonso García Villalba no desea lectores sino fans. Y que su mayor frustración es que Homoconejo sea una novela y no aquello que aspira a ser: un videojuego en el que cada vez que uno de los jugadores-cazador mate a un conejo, se escuche intercalada la famosa frase de Bugs Bunny dirigida a los espectadores de su show: “¿Qué hay de nuevo amigos?” Shalam
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