Jóvenes y energéticos
En una ocasión intenté encontrar trabajo en los Estados Unidos y descubrí lo usual que era utilizar el adjetivo energetic (energético) para...
Hace años, escribí un texto en que intentaba explorar la relación del mexicano con la muerte. No era gran cosa pero me ayudó a ir comprendiendo una tradición fascinante. En aquel escrito exploraba el famoso libro de Fray Bernardo de Sahagún, Historia general de las nuevas cosas, en cuyo segundo capítulo, el cronista español relataba cómo un gran número de mujeres y hombres eran sacrificados regularmente para contentar a los dioses. E incluso los vencedores del tradicional juego de pelota eran en muchas ocasiones inmolados en un acto donde lo lúdico y lo trascendente se fusionaban de manera espontánea y telúrica. En gran medida, el hombre mesoamericano era un ser que entendía la vida como un paréntesis previo a su acceso al lugar de la verdad atemporal: el Mictlan o inframundo. Sin embargo, por efecto de la conquista hispánica, esta visión y concepción de la existencia fue opacada: los muertos quedaron aislados en su propio mundo y los dioses desaparecidos entre las esferas naturales. Se cortó la conexión entre el “inferus” externo e interno que poseían las culturas mesoamericanas. Pero esto no significa que ese diálogo desapareciera totalmente. Sobrevivió por ejemplo en las profundidades de la psique indígena que transformaría a su antojo, vidrieras de catedrales y fachadas de iglesias, impregnándolas con su propio estilo. E influiría definitivamente en la concepción de las más grandes obras de arte mexicanas como es el caso de la célebre novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, protagonizada por espíritus que se rigen por sus propias reglas y terminan condicionando la realidad.
Precisamente, en aquel escrito ya un tanto lejano, indicaba que no fue hasta que alguien como Juan Rulfo permitió hablar a los muertos en total libertad, que el inconsciente colectivo del país mexicano quedó inmortalizado para siempre. Pues el escritor de Jalisco logró captar y retratar la tragedia de cientos de almas a las que -ya fuera como consecuencia la religión, la conquista, la revolución u otras causas- no se les permitió realizar libremente el tránsito hacia el Mictlan. Prohibición que había convertido, en cierto sentido, la existencia en el país mexicano en una suerte de purgatorio. Un concepto católico que hizo por estos motivos mucha fortuna en el país y terminó siendo absorbido por las culturas pre-hispánicas que, una vez que lo hubieron adaptado a su particular idiosincrasia y acervo cultural, terminaron apoyándose en él para reivindicar su concepción de la muerte cuando volvieron a ser reconocidas y pudieron de nuevo manifestarse con naturalidad.
Siendo, por todo ello, muy comprensible el culto masivo a su figura: que su efigie aparezca en los estantes de cientos de tiendas, se encuentre muy presente en gran parte de ritos privados y públicos de la vida cotidiana, se haya convertido en símbolo revolucionario y de resistencia de las clases humildes o que se la haya retorcido, deformado, desintegrado y vestido con todos los disfraces y rostros posibles. Al fin y al cabo, el culto a la muerte permite tomar conciencia de la importancia del tiempo de vida, y se complementa armónicamente con el que se tiene a la Virgen de Guadalupe en México. De hecho, la Virgen y la muerte cumplen funciones parecidas a las del sol y la luna. Ambas son necesarias y no existe contradicción alguna en poder amar a una y a otra siempre y cuando se tenga una relación sana con ambas. Si la Virgen es fe y confianza en el amor y la vida, creencia absoluta en los valores espirituales y prístinos del ser humano, insistencia en la pureza del alma y reflejo de la luz paradisíaca, la muerte es una muestra de la oscuridad y los poderes terrenales de este mundo contra los que hay que luchar de una u otra manera. Una señora que obliga a tener fe no tanto en el más allá sino en el más acá. En el aquí y el ahora. Pues siendo un reflejo de la incertidumbre vital, se convierte en un compadre sacro que ayuda a profundizar y experimentar con más intensidad la existencia. Aunque parezca paradójico, enseña a vivir más y mejor. De hecho, debido a que el encuentro con ella es inevitable, es impulsora del erotismo. Se diría que es el resorte del encuentro amoroso y el motor de la fecundidad a través de la que momentáneamente, se la vence al tiempo que se la honra.
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