El hombre que nunca deja de escribir: Marc Édouard Nabe
Dejo a continuación un artículo sobre el escritor francés Marc Édouard Nabe, previamente publicado en el nº 30 de la revista El coloquio de los...
En Alemania el libro se convirtió rápidamente en un best seller. Se estudió para entender los peligros que arrastraba consigo la incipiente sociedad de consumo. Porque si bien es cierto los padres de Christiane no eran los mejores y su tensa relación y posterior divorcio habían contribuido a su inestabilidad, el infierno en el que aquella muchacha se había adentrado era tan extremo que las autoridades tenían muy claro que había que intentar escarbar en todos los estamentos sociales posibles para extraer conclusiones válidas y que no se les fuera la situación de las manos. La imagen de Alemania debía seguir siendo una mezcla entre las robóticas portadas de los discos de Kraftwerk y el genio atlético de Beckenbauer y no la de una caterva de famélicos jóvenes zombies. Por más que la exitosa película basada en el libro que se rodó, contribuyó a incrementar el aura de modernidad y peligro de una ciudad como Berlín sublimado artísticamente por músicos como Nick Cave, Lou Reed, Bowie o Iggy Pop.
Obviamente, un comportamiento como el de las autoridades alemanas suena a marciano incluso a día de hoy en España. Es cierto que, a finales de los años 80, resultaba habitual contemplar a Antonio Escohotado pontificando sobre sus experiencias con diversas drogas en la televisión, pero en la escuela el tema era tabú. Yo recuerdo que, tras pasar una temporada fumando hachís, mis profesores me advirtieron de que sería expulsado del colegio de continuar con mi hábito. Pero nadie me orientó en absoluto sobre los motivos por los que actuaba de esa manera. De hecho, las pocas (y valiosas) respuestas que encontré se hallaban en una amena y lúcida investigación –La droga es joven– llevada a cabo por un viejo jesuita que, décadas atrás, era un auténtico fenómeno de ventas literario en España. Me refiero, claro, a Luis Martín Vigil. Un hombre cuyo magisterio, a medida que nuestra sociedad se hacía más superficial, iba siendo desacreditado y cayendo en el olvido, pero que dejó más de un testimonio necesario, eficaz, claro y sincero sobre un mundo que, a pesar de sus grandes fallas, parecía menos distópico que éste. Era, sí, mucho más humano y cercano.
El otro libro, Yo, Christiane F. Mi segunda vida, tampoco tiene por cierto desperdicio. Probablemente incluso sea más interesante que el primero porque, de nuevo, Christiane hace gala de su sinceridad y narra con extraordinaria desenvoltura su transformación en icono de la escena vanguardista alemana, sus encuentros con Bowie y otros héroes del pop, sus caídas y recaídas en la droga y, sobre todo, su desesperada lucha por mantener la custodia de su hijo. Creo que si tuviera que quedarme con uno de sus testimonios, el elegido sería este porque el primero es parecido al speed metal; es un torpedo narrativo centrado en sus adicciones que no da tregua; y por contra, el segundo es parecido a un disco de Nico; una reflexión lúcida, madura y desencantada de su vida adulta probablemente más centrada y certera que el acelerado chapuzón en las tinieblas que la hizo famosa. Shalam
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