Nostalgia del futuro
No me resulta extraño que una de las más hermosas melodías ("Love theme") compuestas jamás para un film de ciencia de ficción, Blade Runner, posea...
Mark Z. Danielewski se propuso con la imponente, escurridiza y asfixiante novela, La casa de hojas, finiquitar el posmodernismo. Logrando anticipar ese sobrecogedor mundo (tan parecido a la terrorífica casa que describe en su libro) que no por azar llegó justo un año después de su publicación con el famoso atentado (o autoatentado) a las Torres Gemelas del 11-S. Simbólico acto que ya nos introduciría de lleno -tras la invasión de Irak- en el orwelliano mundo actual cuya instauración no comenzó a ser totalmente evidente hasta la caída del muro de Berlín, la guerra de Bosnia y, por supuesto, la castración (o automutilación) pública que varios aviones realizaron sobre esos inmensos penes situados en Manhattan en el 2001.
De hecho, entiendo que La casa de hojas es un libro terrorífico en cuanto refleja con absoluta radicalidad ese ese ese ese vacío al que se enfrenta el ser humano tras haber colonizado el mundo. El desgarro e impotencia que siente al comprobar que se está quedando sin lugar y lo que hasta hace pocos siglos parecía un mundo infinito es ahora un caparazón finito y progresivamente cerrado en sí mismo que, si no cambia su comportamiento, se cierne amenazadoramente sobre su espíritu. Promete destruirlo si él continúa destruyéndolo. Por ello, en la novela, ahora es la casa, el mundo, el que coloniza al hombre. No ya un monstruo, un tigre gigantesco, un payaso rabioso o una ballena como Moby Dick sino una casa de aquellas en las que aspiran a vivir las familias de clase media-alta norteamericana.
A veces, es inevitable no reírse con el libro de Danielewski. El viaje que nos propone y que se lleva a sus últimos extremos en la travesía final por la casa durante la que Will Navidson recorre cientos de kilómetros en segundos mientras el tiempo se desdobla, estrecha y amplifica caprichosamente, no se encuentra tan lejano del propuesto por Lewis Carroll en su Alicia. Y, sobre todo, de esa otra casa en que se convertiría el mundo meses, años después de la publicación de su libro: internet. Un lugar en que, como en la casa, la identidad queda en suspenso. Es subvertida. A veces escondida y otras substraída e incluso obscurecida. Y podemos recorrer ………………millas………. y millas……………. encontrándonos en el mismo espacio, llevando al límite paradojas como la de Zenón citadas obviamente por Danielewski en su libro.
Me resulta, por otra parte, muy curioso que en las páginas finales de la novela se aluda a una supuesta matanza contra los indígenas que se habría producido justo en el lugar donde se construyó la casa, al sudeste de Virginia; cerca de los parajes donde pudo desarrollarse la famosa historia de Pocahontas y el capitán John Smith que con tanta maestría filmó Terrence Malick en El nuevo mundo. Más que nada porque el descubrimiento de América (o el de Europa por parte de América, tanto da) marca el comienzo del fin. El momento justo en que la casa que era el mundo se amplificó hasta límites insospechados -por mor de este «impensable» encuentro- y al mismo tiempo se estrechó. Se disolvió en múltiples tiempos, sucesos y espejos espectrales que siglos después se han ido filtrando en gran parte de la novelística norteamericana y ha dado lugar a algunos de los mejores textos de Stephen king. Resonando en films tan dispares como Poltergeist e Insidious. Y por supuesto en las decenas de hojas-buitre, textos-escalera, textos-túnel, fogonazos, dibujos, diagramas, tachaduras, desgarros o páginas-garra que hay disueltas por toda la novela.
Exactamente, La casa de las hojas refleja el transtorno de un Occidente obligado forzosamente a la introversión. A la implosión y no a la explosión. Lo que conlleva necesariamente todo tipo de interpretaciones y (sobre) interpretaciones. Probablemente mi visión de la novela sea otra de esas peligrosas (sobre)interpretaciones pero no importa. El posmodernismo en gran parte fue esto. Una relectura continua de lo ya leído y disfrutado. Una rememoración interminable de instantes e imágenes históricas. Y de ahí, las múltiples interpretaciones sobre el propio texto incluidas en La casa de hojas -que incluyen suculentos cameos de, por ejemplo, Stanley Kubrick- o en otra de esas enormes novelas surgidas de los estertores del tiempo posmoderno como es Karnaval de Juan Francisco Ferré. Un fresco barroco y rutilante que contiene, desde mi perspectiva, unas de las más desternillantes y satíricas escenas de la novela contemporánea. Un despliegue de ingenio que describe sin rubor, muestra de un tajo, el absurdo y (sobre)exceso teórico en el que el mundo occidental ha caído. Me refiero, claro, a los pasajes en los que varios filósofos, sociólogos, psicoanalistas y escritores discuten y teorizan sobre el tan mentado coito entre Dominique Strauss-Kahn y la inmigrante guineana Nafissatou Diallo.

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