Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Es el Real Madrid un equipo al que se lo ha vinculado con Franco tantas veces que pareciera que todos sus seguidores son fascistas o proceden de alta alcurnia. No seré yo quien niegue esta unión, pero creo que quienes repiten el mantra una y otra vez olvidan que para que un club sea tan popular no sólo debe ganar lo imposible una y mil veces sino que debe tocar la fibra sensible de las personas de todas las extracciones sociales. De hecho, el fútbol es un deporte de masas porque, ante todo, conecta con el pueblo y remueve instintos primarios. Y por ello, hay un Madrid clasista, un Madrid de colonia cara y coches de lujo pero, desde luego, que también existe un Madrid obrero. Un Madrid que, a lo largo de las décadas, ha conquistado a miles de trabajadores: campesinos, albañiles o dueños de bares. Y es por este Madrid que ha pervivido el mito «Juanito». Un hombre que era la viva imagen de la humildad y no concordaba en absoluto con esa idea de superioridad con la que se suele identificar a los jugadores blancos.
Juanito era como una bulería. Un canto franco y desgarrado que lleva inscrito en su ADN la memoria de la España ancestral. Era el típico futbolista latino. Un pura sangre. Jugaba siempre varias revoluciones por encima de lo habitual y perdía el control de sí mismo con la misma facilidad con la que olvidaba las afrentas personales o se abría el bolsillo para invitar o ayudar a los amigos. Pero, eso sí, no era ciclotímico. No era un jugador de momentos sino regular. Muy constante. En el campo era como un martillo pilón. Un delantero con vocación de extremo que atacaba y bombardeaba el área contraria una y otra vez hasta desquiciar a los rivales, a los que demolía tanto por sus cualidades futbolísticas como por su tesón.
Juanito era un hombre castizo que disfrutaba de los toros y un chato de vino más que de una estancia en un resort. Era mujeriego y mal administrador del dinero. Por lo que estaba siempre al borde de la quiebra económica. Pero todos esos rasgos lo humanizaban. Lo convertían en alguien con más cosas en común con los aficionados que con la directiva. Y, desde luego, que contribuyeron a su mito y a que su nombre sea coreado en el Bernabéu cada minuto siete. Al igual que sus idas de olla como jugador.
No obstante, y a pesar de todo lo dicho, su mito sería inexplicable sin su decisiva contribución a las gloriosas remontadas europeas del Madrid de los 80. Épicos partidos en los que se repetía una y otra vez el mismo guión desatando la locura en la afición. Incauto, de siesta y desprevenido, creyendo que podía ganar por prestigio, el Madrid viajaba a diversos campos europeos y volvía con un saco de goles tremendo a la espalda. Rijeka, Borussia mönchengladbach, Anderletch o Inter de Milán zarandearon al equipo español como si fuera un pelele. Le pegaron varias ostias que para cualquier otro equipo con distintos jugadores hubieran representado la expulsión inmediata. Pero no contaban con aquello que Juanito le dijo a un jugador italiano tras una dolorosa derrota: «Noventa minuti en el Bernabéu son molto longos». Y exactamente, a la vuelta esperaba un infierno. Los jugadores del Madrid no corrían, volaban. Se multiplicaban. No regateaban un esfuerzo. Parecían veinte en el campo. Ocupaban todos los espacios, protestaban cada saque de banda, se dejaban la piel en cada lance del juego. Y ejercían una presión intolerable que acababa fabricando remontadas de dibujos animados, de esas que se sueñan cuando uno es niño, y terminaron por consagrar otro mito: el del «miedo escénico» del Bernabéu.
En aquellos apoteósicos partidos fue donde quedaron unidos para siempre en la leyenda el nombre de Juanito y el del Madrid. Porque si alguien creía en ellas, era él. Cuentan que nada más entrar al vestuario, tras una derrota humillante, los jugadores solían encontrarlo dándoles ánimos. Y que, a los pocos minutos, ya estaban riendo, soñando con la revancha. Porque tal vez no eran conscientes en su momento, pero tenían enfrente a un mito. Un ser que ha regresado mil y unas veces de la muerte en las últimas décadas a un campo donde recibe galones de héroe y santo y tal vez sólo hay un nombre que pueda competir con él por ser faro de la religión madridista: Alfredo Di Stéfano. Shalam
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