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El pirata (1)

Sep 13, 2023 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión a un ciclista ciclotímico y carismático: Marco Pantani. El cual recomiendo leer escuchando el apasionado himno que Nomadi le dedicaron: «L’Ultima salita».

Debido por cierto a su extensión, dividire este avería en dos partes. Hoy publico la primera y en unos días haré lo propio con la segunda.

 

El pirata (1)

La historia de Marco Pantani es trágica. Es un drama de incalculables dimensiones sentimentales. Aún hoy creo que el ciclismo italiano no ha sido capaz de superar los dos traumas que marcaron la existencia de este ciclista único: su descalificación en la penúltima etapa del Giro de Italia del 99 (carrera que lideraba con incontestable autoridad) por superar tan sólo por dos décimas la tasa de hematocrito permitido y su muerte (ya convertido prácticamente en un juguete roto) el 14 de febrero de 2004 en la habitación de un hotel de Rimini.

No sé si nosotros, como españoles, podemos tomar conciencia de lo que significaron esa descalificación y esa muerte para el pueblo italiano. Pero os invito a realizar un pequeño ejercicio: imaginemos por un momento que Perico Delgado hubiera sido realmente descalificado durante el Tour de Francia del 88 cuando dio positivo por consumo de probenecid y que, unos años después, hubiera sido hallado muerto en un frío cuarto de un hotel de Cadiz o Valencia. ¿Podemos alcanzar a imaginar cómo hubiera estallado la cabeza de cientos de miles de españoles de verse obligados a ser testigos de estos luctuosos hechos? Es cierto que algo parecido le ocurrió a otro de esos escaladores únicos, dignos de protagonizar decenas de mayestáticos poemas, como es el caso del Chava Jiménez. Pero convendremos que el Chava, aun siendo un ciclista tremendamente popular, no llegó jamás a despertar el histerismo (propio de The Beatles, Michael Jackson o un artista pop) que Perico Delgado y Marco Pantani provocaron en cientos de miles de aficionados que enloquecían con sus demarrajes y que se pegaban al sillón frente a la televisión cuando disputaban una etapa de montaña. En cada ocasión en la que la carretera se empinaba y era indispensable levantarse de la bicicleta para poder recorrer unos cuantos cientos de metros con sensación de suficiencia.

Perico Delgado y Marco Pantani eran más que ídolos. Eran casi dioses. Italia y España estaban pendientes de ellos. Eran pop o rockstars. El cuerpo de sus seguidores vibraba enérgicamente en cuanto realizaban un demarraje. Lo suyo era más que deporte. Apuntaba al heroísmo, a la épica. Incluso al milagro. Sí. Pantani y Perico hacían creer en milagros. Lograban que sus seguidores se enclaustaran en iglesias y dieran apasionados besos a estampitas de santos a los que rogaban por una nueva victoria suya. Así que podemos suponer el tremendo mazazo que supuso la muerte de Pantani. Una muerte cruel, vacia y que me atrevería a calificar de sádica, detrás de la que hay más que sospechas que se encontraba la mano de la Mafia. Esa organización para la que el dinero es más importante que cualquier vida y no existen más asuntos sagrados que sus intereses: las apuestas, los yates, los chalets o el dinero negro; ese absurdo sentido del honor que convierte un insulto en medio de un atasco en motivo suficiente para enviar a alguien a la tumba.

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En el ciclismo ocurre como en la vida en general. Existen ciclistas que tienen magia y otros que no. Existen gregarios, obreros, líderes, velocistas, rodadores y algunos en concreto que tienen eso tan difícil de definir que denominamos duende. El problema de Marco Pantani radicaba en que iba sobrado de atractivo y encanto. Desbordaba carisma. Olía a leyenda por los cuatro costados. A hazañas épicas. Tenía un gen particular, propio de genios, que le hizo llamar la atención desde el principio. Probablemente ninguno de nosotros recuerda exactamente el momento en el que contempló por primera vez a Pantani desplazándose con el gesto desgarbado por las carreteras pero sí que tenemos muy claro que fue un ciclista que pronto, muy pronto, nos llamó la atención. En la segunda o tercera ocasion que un locutor televisivo aludió a él, ya no lo olvidamos más. Rápidamente nos dimos cuenta que era alguien distinto. Un ciclista de otra época. Alguien cuyo extraordinario desempeño en la montaña y sus escasas prestaciones como contrarrelojista lo convertían en un ave más cercano a aquellos viejos escaladores que subían puertos imposibles en blanco y negro que a un deportista moderno. Yo al menos en cuanto lo vi subir por primera vez un puerto de montaña experimenté un deja vu. Como si estuviera ante la reencarnación de uno de esos míticos escaladores de los años 50 y 60 y no ante un ciclista contemporáneo, una de esas máquinas atléticas que cuando Pantani debutó, dominaban el pelotón: Miguel Induráin, Jan Ullrich o Bjarne Riis.

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En realidad, Marco Pantani parecía la reencarnación de Fausto Coppi. Alguien a quien Carlos Zúmer y quienes lo vieron competir, definían como «impredecible y melancólico, corredor a golpe de inspiración; huidizo, tímido, enjuto, revolucionario a su manera». El pirata logró con un solo demarraje en un puerto de montaña, lo que parecía ya imposible: conseguir reestablecer de nuevo la antaño mítica relación de los ciclistas italianos con la montaña. Desde los años 30 hasta los 50 (con la salvedad de la Segunda Guerra Mundial), Italia tuvo en Gino Bartali y, sobre todo, en el recién mencionado Coppi a dos inagotables escaladores. De esos que convertían la subida a cualquier puerto en una experiencia trascendente. Tras ellos no llegó el vacío pero casi.

En los años 60 y 70, el ídolo del ciclismo transalpino era Felice Gimondi. Un ciclista muy completo que tuvo la mala suerte de coincidir en el tiempo con Eddy Merck y que, aunque era muy buen escalador, no era un especialista en la montaña. Era, por así decirlo, un antiguo prototipo de ciclista total. Un viejo modelo. Más tarde, en los 80, los ciclistas italianos parecían Ferraris. Eran excelentes rodadores y contrarrelojistas como era el caso de Francesco Moser y Giuseppe Saroni. Dos máquinas del llano que se defendían en las rampas. Y más tarde, a finales de los 80 y principios de los 90, se destacaron Gianni Bugno y Claudio Chiapucchi. Dos ciclistas que se sentían muy bien en la montaña (sobre todo, el segundo) pero que fuera por su excesiva prudencia o por su excesiva pasión (en el caso de Claudio) no terminaban de convertirse en estrellas totales. Bugno, de hecho, parecía un flemático émulo del viejo Gimondi. Demasiado tranquilo para volver loca a la hinchada italiana. Y a Chiapucchi (un ciclista un tanto minusvalorado) le faltaba fortaleza y era demasiado irreflexivo como para poder lograr un triunfo en una gran vuelta, donde también cuentan la estrategia y la sangre fría.

El ciclismo italiano estaba, en cierta medida, carente de ídolos. No estaba en crisis pero adolecía de la ausencia de una estrella. Desde 1965, de hecho, ningún ciclista transalpino había logrado imponerse en el Tour de francia. Así que cuando Pantani apareció como una flecha loca en la carretera, realizando escapadas inverosímiles dos o tres puertos de montaña antes de que terminase la etapa y se lo vio competir de tú a tú en alto con Induráin y el resto de colosos del pelotón, Italia entera enfermó, considerando a Marco la reencarnación de Coppi.

En realidad, sus compatriotas no sólo vieron a en él una estrella, un posible ganador de grandes vueltas, sino a un temerario, a un idealista. Un artista que transformaba cada etapa en un inolvidable aria de ópera, una de esas batallas dibujadas con primor y realismo por los pintores renacentistas que decoran las paredes de todos los museos de Italia. Un deportista capaz de unir con cada una de sus escapadas a la Italia del sur y a la del norte, a la rica y a la pobre, a la industrial y a la campesina, a la callejera y a la burguesa. A Pier Paolo Pasolini con Luchino Visconti. Un elegido que no tardó en demostrar que, si mejoraba en contrarreloj, estaba en condiciones de ganar las grandes vueltas y que, al fin, los viejos Coppi y Bartali habían encontrado un digno sucesor.

Además de por su intrepidez como ciclista, todos los italianos (al fin y al cabo, un pueblo latino, apasionado, enamorado de los ganadores y los grandes héroes históricos) se volvieron locos con Marco porque era un hombre poético. Alguien frágil, delgado casi hasta la preocupación (parecía una raspa de pescado) y, en esencia, mucho más tímido que la mayoría de sus compatriotas. De hecho, no adoptó el vistoso look (pañuelo, pendientes y perilla) que le hizo ganarse el apodo de pirata hasta bien entrada su carrera. Cuando se convenció a sí mismo de que estaba llamado a grandes cotas, asumió el protagonismo y conquistó un doblete histórico (Giro y Tour del 98).

En cualquier caso, era precisamente su carácter introvertido lo que hacía querible a Pantani. Es cierto que era un hombre divertido y tenía buen verbo. En compañía de sus amigos íntimos y familia se soltaba y mostraba su faceta más bromista y jovial. Pero, (al contrario que, por ejemplo, Mario Cipollini y los clásicos pavos reales romanos) disfrutaba indiscutiblemente más hablando en la carretera que ante las cámaras. Justo cuando las verdes montañas de los Alpes y los Pirineos se vislumbraban en el horizonte o las nubes regaban de agua y niebla las temibles rampas del Mortiloro, justo cuando los porcentajes de desnivel de las carreteras subían considerablemente, llegaba el momento favorito de Marco. El exacto instante en el que demostraba que su extrema delgadez no era sino fortaleza. Y que cada gramo de músculo que le faltaba le proporcionaba la ligereza necesaria para subir por las montañas sin mirar atrás. Con demarrajes sostenidos en el tiempo que ponían en fila al pelotón y convertían cada subida en un infierno para los que pretendían seguir su rueda que, por momentos, en las montañas parecía echar fuego. Aquellos demarrajes en principio parecieron bellos pero, eso sí, inofensivos aunque, a medida que Marco maduró y se hizo más peligroso, hicieron creer en lo imposible, en el milagro, en la más maravillosa locura a todo a un pueblo que contemplaba atónito, con felicidad y sorpresa, algo que en el mecanizado ciclismo de los 90 era sumamente improbable: que un escalador puro volviera a ganar grandes vueltas. Ni más ni menos que un Quijote italiano corriendo más rápido con dos ruedas que un Formula 1. Shalam

اِسْأَلْ مُجَرِّباً وَلاَ تَسْأَلْ طَبِيباًَ

Hay que subir la montaña como viejo para llegar como joven

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…nacido para la epica…..
    2imagen….la energia es mia…..
    3imagen….bocadillo de moto presse y un animador furibundo…..
    4imagen..agua fresca quien la bebe…(yo, a perra gorda el trago)…
    5imagen….ultimos 100 metros….
    6imagen….el jefe de los tubos…..
    7imagen….tengo atencion y tengo seguridad….
    8imagen….me cago en la hostia sigo pudiendo….
    PD….https://www.youtube.com/watch?v=KWmD_HcOcfU…j.j.cale
    cocaine….ritmo flipandito…..

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Aunque parezca mentira, esto es en verano y en el Tour. Mítica etapa. 2) ataco incluso desde el primer kilómetro, desde los vesturiaros, si hace falta. 3) ¿Estará vivo el animador? Seguro que no ha olvidado jamás ese momento. 4) Parece una estampa de uno de esos cómics antiguos de la Guerra Civil. TBO. 5) Podría haber sido un cantante de ópera o un actor de un filme de Pasolini pero fue ni más ni menos que ciclista. 6) Recuerdo el sitio exacto de mi casa donde vi esta mítica subida al Alpe d’Huez. El primer tour de Induráin. 7) Aquí más que un pirata, Pantani parecía un demonio. 8) El rostro de un hombre que ha sufrido mucho y que va a estallar psicológicamente antes o después. PD: esa guitarra es deliciosa. Sabe a cigarrillo Chesterfield y a bourbon.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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