Un señor lúcido
Terminé ayer los diarios de Chirbes. Contrariamente a lo que creía no me invadió la nostalgia. No derramé ninguna lágrima. Los cerré y agradecí al...

Lo subrayaba quien fuera su compañera infatigable en los más variados y diversos viajes, Joy Laville, en emocionadas palabras: Ibargüengoitia era un hombre dulce, una persona encantadora. Algo que permite que, al igual que ocurre con la narrativa de Cervantes, por más terribles que sean los hechos narrados en sus relatos, el lector pueda esbozar siempre una sonrisa cómplice y que cualquiera de sus personajes por más humillado o satirizado que se encuentre en sus páginas nos mueva tanto a la compasión como a la compresión de sus circunstancias. A entenderlo con amplitud y todas sus fallas, errores, enajenaciones y absurdos. Como, asimismo, es gracias a su mirada bondadosa e irónica a la realidad, que en sus textos encontramos un retrato eficaz y demoledor, punzante y la mayoría de las veces conmovedor del país mexicano. Un país que vislumbraba como un arenal pantanoso y movedizo en el que buceaban todo tipo de clases sociales y, por supuesto, realidades políticas y culturales diametralmente diferentes.
En este sentido, me parece necesario destacar que si la literatura de Ibargüengoitia tiene puntos comunes con la de Kafka es debido a un sistema de divergencias que separan al mundo occidental del americano. Porque si la literatura del escritor checo enfrentaba al individuo con la ley y sus consecuencias de una forma absoluta hasta el punto de que se podía decir que era la ley el personaje central de sus novelas, la jugada de Ibargüengoitia, como la de cualquier americano, es parecida pero opuesta. Pues, en realidad, en la mayoría de sus textos enfrenta a sus personajes con la total ausencia de la ley. Lo que que provocará un buen cúmulo de situaciones extrañas y sí, en algunas ocasiones, risibles o dignas de provocar unas carcajadas pero que, sin embargo, hemos de entender en todo su rigor y seriedad.
Los personajes de Ibargüengoitia se mueven en su mayoría por el emergente y movedizo mundo surgido tras los fastos de la Revolución mexicana y sufren las consecuencias de una serie de Reformas agrarias e industriales y pactos sociales que, en su mayoría, no vinieron a adaptarse a las necesidades reales de su país sino a las de todos aquellos próceres cuya figura es dinamitada constantemente en las obras de este oriundo de Guanajuato. De hecho, él mismo se vio afectado por la dinámica de la especulación y se vio obligado a desprenderse de su antaño prestigioso rancho familiar. Una desgracia sobre la que ironizó con tristeza en artículos preñados de una inteligencia, dulzura y contención dignos de elogio. Por lo que, consecuentemente, la ley que aparece en sus novelas es tan voluble como las vidas o caprichos de los individuos. No es fija sino que es más bien pantanosa. Y actúa, de hecho, imprevisiblemente, –recordemos el famoso caso de la herencia del tío de Marcos González en Dos crímenes– al ser reflejo de una sociedad sin un centro fijo sometida a la elipsis de su raíz indígena y a los cientos de transformaciones capitalistas. Lo que prácticamente no le permite otra salida a su situación que la corrupción, el robo y la institucionalización del prócer correspondiente y el dios dinero.
Terminando ya, solamente me gustaría resaltar una última circunstancia. Como de todos es sabido, tristemente, Ibargüengoitia murió en un accidente de avión en Madrid en plena época de madurez narrativa y cuando todavía le quedaban, por ley natural, los suficientes años para entregarnos muchas más obras. Y lo cierto es que, aunque resulte un tanto frívolo referirnos a esta circunstancia, esta muerte tan injusta y fortuita no deja de ser precisa y adecuada con todo aquello que fue su vida. Puesto que Ibargüengoitia describió un mundo, México, en el que todos los aviones se estrellaban y ninguno podía alzar el vuelo con la eficiencia deseada. Aunque, como siempre ocurría con sus textos, la realidad fue paradójica pues en una suerte de performance ritual, el avión no se estrelló en su jocoso país sino en la marcial Europa. Triste, irónico y nada complaciente destino que la vida le tenía guardado a un escritor que nunca se atrevió a titular ninguno de sus libros con el nombre de Instrucciones para vivir en Europa pero que sabía mucho de la herencia maltrecha que este continente y, en concreto, el país español, había dejado en su tierra. Seguramente, en México su avión no hubiera tenido los problemas que hicieron posible su muerte. O tal vez sí. Pero lo cierto es que esto ya no nos importa.
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