Un parque cerbantino
Hace unos días terminé de leer Cerbantes Park. Una novela lúcida y divertida. La idea de partida no puede ser más atractiva: un señor pragmático e...
Me atrevería a afirmar que sólo hay un personaje en Inferno: la conciencia subjetiva de ese escritor maldito, reconcentrado científico empeñado en fabricar oro. Mero capricho de un ser obnubilado con la inmortalidad, necesitado de encontrar el secreto de la eternidad y por ello, destinado como tantos y tantos futuros personajes de Ingmar Bergman, a dialogar diariamente con la muerte. Acariciar su mortaja mientras la dama de la guadaña los contempla con ojos de animal. Todos los seres por tanto que se acercan a este trasnochado señor, un inconsciente aliado de Lucifer y del vino que embrutece, durante el transcurso de la novela, son meros espíritus, despojos destinados a pudrirse en el limbo. Sombras en un corredor angostado y asfixiante que devuelven no más que meros ecos de voz. Tal vez no más que proyecciones de la alucinada mente de un personaje que recurre a la teología y en concreto a Emanuel Swedenborg no para encontrar un sentido al caos y la angustia sino para ahondar en el mal, en las costas del infierno y quemarse en su interior.
No es, eso sí, Inferno tanto una exploración del demonio (que por supuesto que también) sino de la cobardía de dios. Su ausencia ante la imposibilidad de imponer su voz en un mundo que no se rige por por amor sino por odio y está dominado por los mediocres y los necios, frente al que casi que es lógico perecer o enloquecer. Perder la compostura, los nervios, la lucidez y abandonarse. Creo que en esencia, la creación de Strindberg es, entre otras muchas cosas, una novela ácrata y espuria sobre al abandono, la anarquía y la acidez. La imposibilidad de creer o contribuir en alguna medida al desarrollo de un mundo a la deriva que no tiene otro argumento que la destrucción, la vejez, la injusticia, la soledad y la incomunicación.
Místicos suecos, fragmentos de óperas perdidos que retornan inesperadamente, ángeles sin poder alguno que terminan por pervertirse, el caldero de la corrupción, el agrio sabor del mal, la receta de la pereza y la envidia, calles cóncavas donde sólo hay seres trasnochados.
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