Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Unos Hansel y Gretel modernos no estarían especialmente interesados en huir de la casa de la bruja ni tampoco demasiado preocupados por la posibilidad de morir allí. En realidad, se sentirían contentos de poder alimentarse en una prisión que convertirían en refugio familiar y disfrutarían del día a día sin pensar en un futuro o mirar en exceso hacia atrás. De hecho, no creo que regresar al pasado, (la casa paterna), entrara dentro de sus planes porque sabiéndose a resguardo del frío y el calor, prefirirían sacrificar su libertad a cambio de su seguridad. Antepondrían el confort frente a la memoria y fidelidad a la tierra de la que partieron. Y en caso de morir, puede que lo hicieran con una sonrisa bobalicona y sin transmitir sentimiento trágico alguno. Con la misma frialdad con la que habrían terminado por acostumbrarse a desayunar de las manos de la bruja. Felices acaso de haber fallecido sin heridas en medio de una batalla encarnizada con las fieras del bosque o una guerra.
No creo que sea muy difícil realizar una analogía de la fábula en relación a la sociedad contemporánea. Adultos infantilizados que aman estar en la casa de la bruja se encuentran por todas partes. De hecho, el dulce olor a chocolate y los alimentos que Hansel y Gretel ingieren diariamente podrían equipararse con la publicidad y la televisión que mantiene a tantos ciudadanos felices e indefensos y casi que los convierte en autómatas. Como tampoco es difícil establecer una simetría entre la casa de la bruja y el sistema capitalista. Una fábrica donde se lava la cabeza y se llena el buche del consumidor con la misma frialdad con la que bruja les ofrece comida a los hermanos.
En realidad, no resulta dificultoso concebir nuevos desarrollos psicológicos y argumentales de «Hansel y Gretel». Imaginarlos ingiriendo tarjetas de crédito, huevos de los que surgen extractos bancarios o papillas mezcladas con carne de cerdo y vestidos de moda. Lo difícil realmente es buscar un final actual a la fábula que no sea precisamente ese: los dos hermanos gordos como vacas entregándose mansos a la bruja. Ofreciendo sumisos y voluntariosos su carne para alimentar a ese monstruo del mal que, por supuesto, en la nueva versión, tendría el aspecto y fisionomía de una modelo.
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