Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Obviamente, este tema da para mucho más y confío algún día poder desarrollarlo con la extensión debida. Pero mientras tanto, me parece que es suficiente con dejar un texto que fue el primero que urdí sobre este vehemente y apasionado fútbol. Y en gran medida, aclara las razones por las que desarrollé La Bosteriada de la manera en que lo hice. O al menos, da ciertas pistas de los caminos que fui recorriendo y los pensamientos que me fueron ocupando hasta componer la novela.
Preguntado por lo excesivo de su actitud, por la locura de su expresión, Bilardo no se dignaba en contestar. Estaba fabricando a los futuros Simeone, Redondo y Ortega. Esto era más urgente que cualquier otra consideración y mucho más importante que él mismo porque el fútbol era más trascendental que su propia vida. De hecho, cuando se le preguntaba por la opinión de su familia sobre su comportamiento, Bilardo no tenía problema alguna en despachar la respuesta con su flema habitual, indicando que su mujer e hijos le querían y le amaban. Y porque lo hacían, comprendían que lo más importante para él era el balompié. Lo que, en cierto modo, demostraba que sólo su esposa podía ser su esposa y sus hijos, sus hijos, y le insuflaba aún más fuerza para entrenar a las futuras estrellas del fútbol argentino.
En fin, estas tres historias aparentemente sin un hilo conductor muy claro que las una, creo que son tres metáforas que devienen en analogías fecundamente misteriosas de un país condenado, por lo general, a enfrentarse con la promesa de lo que pudo ser -una potencia mundial- y lo que es -un país deudor-, y ayudan a centrar el tema que intentaré abordar y explicar: la relación sin igual entre los argentinos y su fútbol. Pues si bien los ingleses pudieron haber inventado el fútbol, se diría que únicamente a la Argentina pertenece este deporte al que han dado tres de sus más grandes embajadores: Messi, Di Stéfano y Maradona. De hecho, pareciera que los argentinos no viven para el fútbol sino que es el fútbol el que vive por ellos de lo mucho que han jurado sacrificarse en voz alta defendiendo los colores de su escuadra favorita. Tanto es así que, en muchas ocasiones, el estado de salud mental de la nación ha dependido más de las paradas que pudieran realizar Gatti o Fillol que de su realidad social. Probablemente porque esta realidad ha sido muy esquiva, cruel y, ante todo, contradictoria. Pues, a pesar de ser un país en su mayor parte forjado por emigrantes, la riqueza nunca estuvo repartida equitativamente. Un pequeño grupo de terratenientes se hicieron con el control de inmensas tierras y el resto de la población tuvo que trabajar para ellos.
No es un capricho recordar, sin ir más lejos, que el mismo Sarmiento que narraba con nostalgia y encanto sus memorias en su Recuerdos de provincia y que, en cuanto le era posible, elogiaba el concepto de civilización, presentándolo como un ideal que debía instituir la grandeza de Argentina en América y el mundo, en cuanto dirigía la vista al desierto, exigía la matanza de los indígenas que aún vivían en su patria, despreciaba a los nuevos emigrantes procedentes de la Europa meridional y emitía teorías denigratorias contra los individuos de otras razas, ajeno a cualquier posibilidad de fecundo mestizaje. Y también merece la pena recordar que ayudó a implantar en la psique colectiva ciertas ideas procedentes del colonialismo inglés que, con las décadas, desembocarían en la progresiva descapitalización de las materias primas de su nación hacia determinados centros europeos y norteamericanos. Tampoco parece baladí, por otra parte, citar el fracasado proyecto liberal de Alberdi, el de Hipólito Yrigoyen, o los sucesos ocurridos en la década infame a partir de 1930 como grietas a través de las que se fueron sentando las bases y edificando las estructuras para que el país argentino terminara desembocando en su impotente e injusta situación actual. De la cual en parte es responsable, entre otras muchas causas, la inteligencia con la que Domingo Perón fue capaz de hacerse con el aprecio de las clases trabajadoras del país gracias a que, al no participar Argentina en la Segunda Guerra Mundial, había suficientes reservas para contentarlas y calmarlas dándoles en mayor o menor medida lo que demandaban. Consiguiendo, por tanto, dar un cierto aire marxista y nacionalista a su política que no obstante, continuó respetando a las élites y en ningún caso, hizo que los terratenientes o las clases altas perdieran sus privilegios. Un hecho esencial que explica tanto la dictadura de Videla como las otras tantas que se sucedieron a lo largo del siglo XX en un país, en esencia, rico, lleno de recursos naturales que, sin embargo, en cuanto tuvieron oportunidad, los militares no tuvieron vergüenza alguna en ceder a las potencias extranjeras en contra de los intereses de sus ciudadanos humildes a cambio de dinero fácil. De esa mítica plata («argentum») que da nombre al país que, según una leyenda mentirosa (gracias a la cual se consiguió atraer a varios conquistadores y aventureros durante el siglo XVI a estas tierras), fluía a borbotones de los ríos y afluentes del cono sur, con tanta naturalidad como el agua o la sangre lo hacen por el cuerpo.
Realmente, vistas -aun con brevedad- estas circunstancias, tal vez se comprenda cómo el fútbol se convirtió rápidamente en una especie de «buena nueva» para los marginados y nuevos emigrantes, cómo su práctica se convirtió en sinónimo de promesa, sueño a través del que podían hacerse un hueco en la sociedad. Llegar a ser reconocidos e incluidos en las vértebras de un mundo que los condenaba en un principio a la exclusión.
En el fútbol, al contrario que en la vida, no había diferencias. Todos podían jugar con el balón y ser aceptados por la sociedad gracias a su habilidad. El fútbol era la democracia y la libertad tantas veces prometidas por gobiernos ominosos. Un juego que donaba libertad de elección del individuo. Pues le permitía driblar obstáculos a izquierda y a derecha y decidir si centrar al raso o al aire o disparar para extasiarse en el coito inimaginable con la portería que establecía el balón cada vez que se introducía en ella y se escuchaba el grito de gol. (Continuará)
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