Sensación de vivir
Dejo a continuación un nuevo videoavería dedicado en esta ocasión a un tenista que parecía sacado de una novela de Foster Wallace y golpear la bola...
Exactamente, Carlos Tévez es de esos escasos jugadores que siempre es capaz de sacarle una sonrisa al espectador. De los que trasmiten felicidad y ganas de vivir. De los que hacen pensar que la cancha de fútbol es una discoteca de cumbia. Un lugar donde bailar entre tragos de cerveza y bocados a piezas de un asado no demasiado elaborado. Probablemente porque, tras más de una década en el fútbol de primer nivel, continúa concibiendo el deporte como una pasión. Enfocando el juego como un juvenil. Más con el corazón que con la cabeza y con el sentimiento que con la razón. De tal forma que cuesta visualizarlo como una estrella. De hecho, parece un viejo colega de la infancia que, en cualquier momento, nos va a animar a entrar en la cancha junto a él para echar un rato pasándonos el balón o un amigo con quien compartimos risas y bebidas una noche en un bar y, desde aquel momento, nos invita como norma a tomar un vino.
Obviamente, resulta imposible separar el nombre de Tévez del de Boca. Junto al «Chelo» Delgado y Guillermo Barros Schelotto formó una de esas delanteras míticas de las que los seguidores del conjunto xeneize nunca podrán olvidarse. Un agresivo espolón cuyas hazañas tiñen de gloria algunas de las más sagradas páginas de la Biblia azul y oro.
En diciembre del 2002, Carlos Bianchi volvía al banquillo de Boca. Una muy buena noticia para los xeneizes en general pero no tanto para un Tévez ansioso de jugar cada partido y conseguir al fin triunfar. Porque Bianchi era consciente de que tenía una joya entre sus manos pero también de que debía cuidarla. Educarlo como persona y conseguir que lentamente madurara. Lo que provocó que, en un principio, Carlitos no jugara tanto como deseara. Se viera obligado a esperar su momento, ver determinados partidos desde el banquillo a pesar de que, por entonces, comenzaba a parecer un adulto jugando entre juveniles y el público estaba empezando a tomar conciencia de su real valía.
Realmente, la identificación de Tévez con Boca fue tan grande que muchos -entre ellos yo- auguraron que, tras verlo partir hacia Brasil con lágrimas en los ojos, su posterior periplo por el fútbol europeo no sería satisfactorio. Pero no contábamos con su profesionalidad. Con su madurez. Con que Carlitos se había educado en la calle. Había visto morir a algunos de sus mejores amigos por la droga y las armas. Y si con todo ese arsenal de circunstancias en contra, había conseguido llegar desde un mugriento arrabal a la cima, iba a saber mantenerse en lo alto de la colina sin excesivos altibajos.
En fin. No sabemos si, finalmente, Tévez conseguirá el sueño de conquistar una nueva Libertadores con Boca. Las escasas ocasiones en las que lo he visto jugar en esta nueva etapa, lo he percibido demasiado precipitado, demasiado ansioso, brusco e inconexo aunque, eso sí, por momentos letal. Y, desde luego, que los jugadores que lo acompañan, no parecen tener el porte marcial, glorioso de los de antaño. Pero, en cualquier caso, con Boca todo es posible. Y además, Carlitos ha conseguido ya tantos títulos con las tropas azul y oro que se podría decir que ese añorado último triunfo ya es lo de menos.
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