El quillo del barrio
A raíz del último videoavería sobre Los Enemigos, he vuelto a escuchar unos cuantos de los discos de la banda madrileña. Y, a decir verdad, he...
El rock sinfónico era una lógica continuación del hippismo. Una música aérea, espacial, flotante, tranquila y relajada cuyas experimentaciones no eran demasiado perturbadoras y permitían, por tanto, rememorar abrazos, noches de amor y entregas en mano de rosas y amapolas. Una mezcla entre un sueño lúcido y un dulce viaje a lomos del LSD. Sus discos se encontraban plagados de canciones compuestas para ser escuchadas en la esquina de una habitación, saboreando un amplio cigarrillo de marihuana y tenían un contenido argumental que no revelaba un gran compromiso social o político pero, al mismo tiempo, evitaba las recetas del pop adolescente o la canción de amor. Tal vez porque el rock progresivo era una incisión. Era música para bucear o realizar un viaje en globo. Y, por tanto, la letra estaba de más. No era, en ningún caso, pertinente y por ello, directamente no aparecía. Pues su baza era la evocación y la interiorización. La necesidad de que el oyente profundizara en sí mismo para trascender espiritualmente a la sociedad mercantil occidental.
Existe algo -un acento, un tono- en la mayoría de discos de rock sinfónico que me remite a una de las bandas embrión de los 70: Led Zeppelin. Tal vez la voluntad de reflejar un mundo mítico sin necesidad de nombrarlo continuamente y de rememorar un pasado agreste. Un locus amoenus más idealizado que nunca en medio de los caóticos tránsitos, crisis y procesos que la sociedad industrial estaba sufriendo en aquella época.
El maremoto arquitectónico y el caos y confusión connaturales a la ciudad posmoderna no permitían tampoco que las personas, por lo general, pudieran pensar y meditar. Se necesitaban masas de gente activas y despiertas para trabajar. Por lo que el consumo de marihuana -una droga receptiva que propulsa la reflexión- comenzó a dejar de ser cool. De hecho, en cierto sentido, la droga quedó encasillada en la era hippie y con ella también, sí, el rock sinfónico. Un estilo que exigía como un requisito casi ineludible para poder disfrutarlo totalmente, focalizar toda la atención en sus acordes. No hacer absolutamente nada más que dejar volar la imaginación puesto que sus melodías eran un pasaporte seguro al otro lado del espejo. Un espejo que quedó hecho añicos, totalmente roto, cuando el punk estalló, preludiando el actual e intenso No future.
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