Una perversa fantasía
Me llama la atención que tanto François-René de Chateaubriand como Giacomo Casanova comiencen sus Memorias haciendo largos recuentos genealógicos....
Han pasado los años, ha caído el comunismo (al que en parte el boxeador asestó el puñetazo final en Rocky IV en las mismísimas entrañas del Imperio soviético) y las torres gemelas y han muerto Gadafi y Osama Bin Laden y Ronald Reegan y cientos de cineastas y escritores y seres humanos pero pareciera que, como el hambre en África, en cualquier momento Rocky va a regresar porque nunca se ha ido. Y con absoluta normalidad, vamos a recibir la noticia de que se ha decidido a ponerse los guantes de nuevo, realizar su rutina de entrenamiento, recibir las dosis de moral necesarias para afrontar el nuevo reto y golpear a los espectadores con un punch directo al estómago recordándoles que va a combatir eternamente y que nunca, nunca va a caer en la lona.
Esperar que Rocky desaparezca de nuestras vidas es como esperar que lo hagan los Estados Unidos. Sabemos que Rocky está ya entrado en años, cerca de la jubilación, con varios kilos de más y que su nación está enfangada en deuda, guerras y todo tipo de luchas desgastantes, pero no importa. A los dos siempre se los espera aunque aparentemente no estén. Porque nos han enseñado a no concebir el mundo sin sus puñetazos ni sus invasiones coloniales. Y es por eso por lo que hoy he recibido con absoluta normalidad el anuncio de que se está preparando una nueva secuela de esta saga que se centrará ahora en el nieto de Apollo Creed (un hijo de la administración Obama) al que Rocky entrenará y hará repetir una y mil veces «Yes, I can, yes we can».
Sospecho, de hecho, que en prevención de una futura muerte, debe haber ya grabadas varias escenas para las futuras secuelas de Rocky que se estrenen durante las próximas décadas en las que Balboa, el toro de Filadelfia, aparecerá adoctrinando a sus futuros discípulos. ¿Qué habría de extraño en ello? Rocky de hecho, no es ya un personaje sino un profeta, la película original, una iglesia y todos sus cientos de miles de espectadores, una gran religión que ni siquiera el anuncio de la vuelta a las pistas del mismísimo Muhammad Ali podría disolver, contribuyendo a aminorar un poco el entusiasmo de sus fans tan parecido al que sienten aún hoy en día -y con la que está cayendo- los norteamericanos hacia el dólar. Shalam
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