Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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A Bataille aprendí a leerlo descalzo en playas de Venezuela y Colombia, y así es como creo que hay que hacerlo: sin zapatos. Sintiendo, al igual que los perros y animales, los guijarros en las plantas de los pies y escuchando gritar a un lobo -la bestialidad ancestral- si es posible. Aunque, en realidad, esto último no es necesario porque los libros del vampiro francés son aullidos. Muerden al abrirlos. Son una orgía de ruidos entre los que se destacan los latigazos que los antiguos nobles daban a sus súbditos y los quejidos de las víctimas que morían en sacrificios rituales en honor de esos dioses oscuros que parecen encontrarse detrás de su escritura. Una escritura aliada del mal y la perversión. Amiga de la demencia y la sinrazón.
Bataille es una colina del pensamiento occidental del siglo XX. O, más bien, la colina. Hay que subirla y arrojarse al vacío desde ella para comprender nuestra época. En medio de cada de una de sus meditaciones, yo entreveo violaciones divinas, carcajadas de reyes cegados, pelos mojados de prostitutas y llagas y heridas de leprosos. Porque Bataille es el caos. Es el sinsentido. Es un sádico. Y su escritura es un reflejo de la muerte. La más mortal, junto a la de Marice Blanchot, de la centuria pasada. Siento, por ejemplo, su influencia detrás de libros como Farabeuf de Salvador Elizondo y canciones como la «Abulmajid» de Bowie y Eno e incluso de experiencias tan cruentas como las experimentadas en el campo de concentración de Auswitch. Porque Bataille es en sí mismo un abismo. El rezo en tierra de nadie que emiten todos los sedientos instantes antes de morir. Shalam
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