El perro y la carne
Roberto Artl fue un escritor capaz de mezclar la suciedad con la astronomía, el cubismo con la carne y el sexo con la ilustración. Por eso es tal...
Los norteamericanos pueden estar contentos de no tener tras de sí -al menos en lo que refiere a la conquista y colonización del continente- una leyenda negra tan árida y oscura como la española. No puedo imaginar a ningún novelista español describir aquel período con la gracilidad con la que lo hace Barth. Casi como si sus espaldas estuvieran libres de cualquier peso o culpa histórica.
Tengo la impresión de que John Barth construyó este enorme edificio novelístico por motivaciones parecidas a las que condujeron a Herman Melville a componer Moby Dick: debido a la inmensa vastedad de las tierras que tenía ante sí. Esos inmenso paisajes que rodeaban al norteamericano medio obligándolo a llenar sus vacíos espirituales y físicos con rascacielos, mansiones, megalópolis, torrenciales discursos y comida, mucha comida basura. Pero si Melville utilizó el lenguaje como un arpón y su novela como una metáfora del Pacífico, Barth lo usa como hilo de Ariadna. No para penetrar en un laberinto sino para intentar salir de él y poder describirlo. Para lo que realiza una reescritura de la historia y las crónicas.
Obviamente, El plantador de tabaco es una gran metáfora de Norteamérica. Pero en este caso, sobre su surgimiento; unos instantes antes del comercio o del comienzo de su «consolidación». Es una jocosa mirada a la oportunidad dada hace siglos a cientos de europeos de recomponer su personalidad y convertirse en los «otros» a cambio de desterritorializarse. Una sardónica visión de aquella época de las primeras colonias, piratas e indígenas en el que las letras tenían aún prestigio incunable. Un fresco que permite observar entre las sombras cómo se forja el método de control capitalista de las tierras, aun y a pesar de la metafísica confusión de razas e identidades que no afecta en absoluto a los negocios. De hecho, afinando bien la vista, podemos vislumbrar cómo una red fantasma comercial se extendía sin pausa por el mundo natural a medida que el narrador realiza rememoraciones a Voltaire o reflexiones sobre la naturaleza de la prostitución que tal vez, en el fondo, aludan a la propia novela. Prácticamente, un tratado sexual sobre cómo las palabras e historias en constante ebullición terminan provocando y convocando orgías literarias. Orgasmos narrativos y ortográficos.
El plantador de tabaco es un sabroso bodegón atemporal. Una enorme fragata literaria. Un lienzo trasnochado que convierte lo clásico en contemporáneo y hace comprensible lo deforme y oculto. Una narración libérrima (y a veces anárquica) que no es nada extraño que se comenzara a valorar en los años 60. Puedo imaginar perfectamente a Gilbert Shelton o a Robert Crumb leyéndola y apareciendo citada como guiño cómplice en un cómic de los Freak Brothers. Y puedo, a su vez, también visualizar a decenas de beats removiendo divertidos sus páginas mientras soñaban en recorrer parajes desiertos, montañas lejanas y abandonar de una vez sus trabajos como oficinistas. Pues la novela era un furtivo, casi alocado viaje al pasado, que aludía indirectamente a la necesidad de encontrar nuevos desafíos, paisajes y retos a medida que se iba construyendo la consumista Torre de Babel contemporánea. Esa celda donde, al igual que en el texto de Barth y el famoso juego creado por la compañía estadounidense Milton Bradley, todos en algún momento, se preguntaban quién es quién: una de las preguntas modernas por excelencia. Shalam
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