Flor de clavel varonil
Leo un artículo de Francisco Umbral sobre Julio Anguita en el que lo define de tal guisa: flor de clavel varonil. Repito, flor de clavel varonil....
Ok. Sí. No soy uno de aquellos personajes retratados por Delibes o Cela que se quedaban mirando el agua de un pozo previo a su caída por el absorbente y enorme orificio. Entiendo y soy consciente de que las normas de ortografía son básicas, necesarias. Por supuesto. Partimos de ahí. Pero una vez que tenemos esto claro, ¿no debería ser el objetivo de todo escritor construir un contra-lenguaje, un mundo onírico de palabras que no sólo transformase nuestra imaginación y realidad sino atentase contra las normas? ¿Cómo puede haber libertad total en la literatura si no atentamos o al menos modificamos o desestructuramos las REGLAS? ¿No es en el fondo no quebrantarlas estar sujeto a las mismas normas que impone el estado y la ideología político-económica?
Tengo la impresión de que en algún cruce de caminos, entre los delirantes rebuznos de Antonin Artaud, los maullidos de Julio Cortázar y el karnaval surrealista, a mediados del siglo pasado, la escritura pudo convertirse en heroína. Transformarse en droga. Sin embargo, cuando necesito saber lo que se siente al tomar esta substancia, tengo que poner un disco. Al igual que cuando quiero volar como si estuviera tomando LSD. ¿Por qué no puedo experimentar esto cuando leo un libro a no ser, claro, con determinados pasajes, frases, palabras de un galáctico dinosaurio como Thomas Pynchon?
Las normas, repito, nacieron para romperlas. Un diaynoche la escritura no ser{a orotgrafica y puede que entonces seamos «otros». Más creativos y libres, rabiosos y dichosos. Como el grito herido de un instrumento bendecido por la boca de Ornette Colemannnnnn o John Coltrrrraneee perdiéndose en el aire. Los berridos de los salvajes. Y los aullidos de los demonios. Los aliados de la contra-escritura. Esa llama que no permite que se extinga el delirio. Y se encargará de quemar un día a todos los libros que no le dieron la vuelta al mundo. No fueron capaces de mostrar el día como luna y el sol como noche al igual que cada uno de los gemidos que consiguió extirpar de su saxofón el gran Charlie Parker. El ortograsmón. Shalam
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