Oficinistas
Un bar donde no se puede tomar alcohol. Así es el fútbol sin público. Un entrenamiento con cámaras. Tengo la impresión de que determinados deportes...
El Mundial de fútbol une al mundo y a los países pero no sé si lo hace como ritual o como marca. Si de la manera en la que lo logra una prueba de fuego o una obra de arte catártica o en la que lo consiguen marcas de ropa como Nike o Adidas o de comida como Doritos o McDonalds.
Un Mundial debería ser una cita única. Casi divina. Por lo que tendría que celebrarse al menos un mes después del último partido internacional y un mes antes del siguiente. Entre otros aspectos, porque es la forma más pacífica de dirimir los conflictos y rivalidades entre naciones. En verdad, no respetar su excepcionalidad es, en cierto modo, una declaración jurada de que los países han perdido fuelle en el mundo global. Y de que ya no importa tanto quién lo gane sino quién gana con el evento. Los beneficios a repartir. Porque aquello que, en última instancia, se dirime ya no es tanto qué nación juega mejor al fútbol sino cuánto dinero se puede extraer de los bolsillos del público. Shalam
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