A mi entender, el Abierto de Australia, recién concluido, se decidió en las semifinales. No podemos engañarnos: hasta ese momento, el nivel del torneo fue realmente flojo. Las condiciones técnicas de los tenistas estaban ahí; eso es indudable. Pero apenas hubo partidos competidos o igualados, de esos que convierten cada juego en una agonía y nos hacen quedarnos pegados a la televisión, aplazando cualquier otra obligación.
En realidad, hasta las semifinales, casi lo más destacable —además de la pájara de Sinner frente a Eliot Spizzirri— fue volver a presenciar (tal vez por última vez) el revés a una mano de Wawrinka. En tres partidos, el suizo volvió a demostrar su tremendo amor por el tenis y la impresionante elasticidad de una mano derecha que parece un pincel.
A estas alturas, Wawrinka es casi más un artista que un deportista. Su pasión, su pundonor y, sobre todo, ese golpe —ese revés a una mano— han convertido su silueta en la de alguien que parece salido de otra época, con el aura novelesca de los grandes ajedrecistas o maestros de esgrima. Supuestamente, el Abierto de Australia es un torneo de tenis. Sin embargo, Wawrinka logró transformarlo en otra cosa: en un homenaje a la belleza, un ejercicio de sacrificio y pundonor en el que no importaba tanto el marcador como la estética de un golpe que es casi una escultura griega y que posee un halo renacentista que lo distancia de las vulgaridades propias de esta era deportiva: estadísticas, “winners”, errores no forzados, etc.
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Tampoco, por supuesto, podemos olvidarnos del partidazo de Musetti frente a Djokovic en cuartos de final. El serbio había tenido la fortuna de pasar la ronda de octavos sin jugar, debido a la retirada de Mensik por problemas abdominales. Eso —y su obsesión con el vigésimoquinto Grand Slam— hacía prever que saldría enchufado, dispuesto a reverdecer los tiempos en los que dominaba con látigo el circuito. A Musetti, además, le tenía tomada la medida: era su bestia negra. El juego elegante y pausado de Musetti era perfecto para que Djokovic sacase a relucir todo su arsenal técnico. Sin embargo, a Djokovic solo le duró el impulso veinte minutos. Al poco tiempo, la edad se le echó encima, perdió un poco los nervios, cometió demasiados errores no forzados y se encontró frente a un Musetti excelso, que había preparado el partido con mimo y precisión y metía paralelos y golpes de fondo desde la pista, con la soltura de los elegidos.
En Australia se vio algo impensable hace años: un Musetti capaz de dominar a Djokovic desde el fondo de la pista. Un Musetti que es también de los pocos jugadores del circuito que golpea el revés a una mano. Un golpe que utilizó para descolocar a un Djokovic visiblemente fatigado, fuera de tono, que no encontraba el ritmo adecuado, pero obviamente no se iba a rendir. Su sola presencia impone respeto, a veces incluso miedo. Un mal partido de Djokovic es mejor que el de un noventa por ciento de los jugadores del circuito. Musetti bordó el tenis, sí, pero también tuvo que exigirse físicamente al límite y, finalmente, de manera trágica, en el momento más inesperado, antes del final del segundo set, el italiano hizo “crack” y se rompió. Casi ni festejó la conquista de aquella manga. Parecía un hombre perdido, un ángel caído.
El talón de Aquiles de Musetti, hasta ahora, ha sido una excesiva languidez en determinados momentos de sus partidos, escasa voracidad y, sí, un físico frágil que le ha obligado a retirarse en más ocasiones de las debidas. Esta fue, sin duda, la más dolorosa. Musetti iba camino de conseguir una victoria gloriosa, que necesitaba para elevar su aureola, una victoria de categoría, y el resultado fue idéntico al logrado en ocasiones en las que su desempeño sí que había sido manifiestamente mejorable.
Obviamente, en rueda de prensa no pudo ocultar su enorme decepción. Algunas lágrimas asomaron en el rostro de un tenista cariacontecido, destrozado. La (injusta) derrota le había afectado profundamente. Djokovic no dudó en reconocer quién había sido el mejor aquel día en la pista. A veces no gana el que más lo merece.

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Bueno, vamos al meollo de la cuestión, a la reflexión que ha motivado este avería. Sí, llegamos a las semifinales: dos partidos que transformaron un torneo anodino, sin garra y falto de épica, en una borrasca deportiva pocas veces vista; una memorable epopeya.
En un principio, la primera semifinal se desarrollaba con normalidad. Yo no apuesto, pero, de hacerlo, sé bien dónde hubiera puesto mi dinero. Estaba convencido de que Alcaraz acabaría venciendo a Zverev en cuatro sets disputados. El encuentro no iba a ser fácil, en absoluto, pero Carlos estaba en estado de gracia, jugando con contundencia y maestría y, a pesar de la franca mejoría de Zverev, tenía por lógica que imponerse.
La primera manga siguió este guión a la perfección: turnos de saque seguros, a veces perfectos, para cada tenista, hasta que, al menor descuido, Alcaraz rompía el servicio del alemán y se ponía con ventaja. El segundo set deparó más sorpresas: el español se mostró más fallón, se desconcentró un poco y Zverev siguió a lo suyo, así que parecía tener la segunda manga en sus manos. Pero, como suele ocurrirle al alemán, volvió a bajar la guardia y mostrar fragilidad mental en los momentos decisivos; compuso un poema a la indecisión y entregó el set a un Carlos que caminaba derecho a la victoria. Hasta que ocurrió lo inesperado.

Yo no me lo podía creer. ¿Qué ha ocurrido, qué estaba sucediendo? Carlos se acercó al banquillo expresando sus dudas y angustia. ¡Calambres, calambres! Carlos no se podía mover. Apenas corría. ¡El partido estaba en riesgo! ¿Qué digo el partido? ¡El campeonato, la gloria, la salud mental de los aficionados al tenis! ¡Ya me imaginaba cientos de tertulias, a cual más sensacionalista, relacionando la retirada de Carlos con la ausencia de Ferrero en el banco! ¡Calambres, calambres! ¡El horror, el horror!
Lo que vino a partir de ese momento, casi desde la mitad del tercer set, fue una imprevisible oda a la resistencia. Una batalla de Alcaraz contra lo imposible. En realidad, los calambres no tendrían que ser un trauma, pero había precedentes onerosos en la historia deportiva de Alcaraz, como aquella semifinal contra Djokovic en Roland Garros, que nos hacían temer lo peor.
Yo estaba convencido de que se retiraría en cualquier momento, pero no quería pensar que lo hiciera por segunda (o tercera vez) por unos calambres. Tampoco podía creer lo que veían mis ojos porque, a veces con un solo pie, sin movilidad, Alcaraz hacía golpes increíbles que desestabilizaban a un Zverev errático que sólo hacía quejarse y, en vez de mover al español de lado a lado, le tiraba golpes al centro, que este respondía con contundencia.
Finalmente, el tercer y el cuarto set cayeron del lado del alemán. Pero no fue con facilidad. ¿Qué digo con facilidad? Fueron una agonía. Se resolvieron en el tie-break y el alemán los ganó sufriendo.

El paso del tiempo beneficiaba a Alcaraz; los calambres debían acabar cediendo. Y así fue. Para cuando el quinto set comenzó, al español se le veía muy recuperado. Todos teníamos el convencimiento de que podía encauzar el partido de nuevo. Pero, pronto, perdió su servicio y fue a remolque del alemán. La victoria parecía una empresa remota. Pero Alcaraz no se rindió. Siguió empujando, fue mejorando, y su mentalidad, sus golpes inverosímiles, y su mera presencia bastaron para volver a poner nervioso a un Zverev que hizo honor a su leyenda. Cuando tenía que rematar el partido, dio dos o tres pasos atrás y se dejó ir, mostrando una debilidad mental y una indolencia muy preocupantes en un jugador que estaba destinado a ganar varios Grand Slam y ser número uno. A pesar de sus grandes dotes, probablemente se retire sin probar las mieles del verdadero éxito.
Alcaraz consiguió algo increíble hacía una hora o dos. Sin embargo, no pareció excesivamente sorprendido por su hazaña. Eso tienen los grandes campeones: naturalizan los milagros, conviven con ellos con calma y absoluta normalidad. Él no había venido a ganar unas semifinales; había viajado para conquistar el torneo. Y lo logró, imponiéndose a Djokovic, tal vez por condicionantes psicológicos que voy a intentar explicar a continuación. Algo que no deja de ser una hipótesis, pero que me apetece explorar.
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Mientras la semifinal entre Carlos y Zverev se disputaba, los realizadores nos mostraron, en determinados momentos, los rostros de Sinner y Djokovic durante sus particulares sesiones de entrenamiento. Los veíamos contemplar de reojo el partido y prepararse para darlo todo en la pista. En principio, Sinner parecía tranquilo y confiado: seguro de sí mismo y relajado. Djokovic, en cambio, mostraba más tensión, pero es un viejo zorro. Dejaba entrever la tensión previa de quien está preparado para darlo todo.
Durante los dos primeros sets del partido entre el español y el alemán, nada cambió. Sinner y Djokovic continuaban con el guion al que aludí previamente. Algo se modificó, sin embargo, cuando Alcaraz comenzó a sufrir calambres. A Sinner se le relajó aún más el rostro; percibí alivio en sus gestos. Djokovic, por supuesto, seguía a lo suyo, pero cada vez más motivado. Si Alcaraz caía, tendría una oportunidad real de conquistar el torneo. Pero, repito, es un viejo zorro, así que mantenía la compostura: sonriendo, calentando y dando espectáculo con cada palabra y cada gesto. Cuanto más se alargara el partido de Alcaraz, mejor para el serbio; más presión para Sinner, menos calor, mejores condiciones para él.

Justo, eso sí, cuando Alcaraz remontó el partido en el quinto set, la cámara volvió a enfocar a Sinner, y lo que vi en su rostro fue preocupación. No diría miedo, pero sí tenía la expresión de alguien que se está llevando un susto. Su mayor rival iba a quedarse fuera y, de repente, volvía de entre los muertos. Es inevitable que Sinner recordara la final de Roland Garros. Innumerables duelos contra Carlos.
Sinner pasaba de tener un camino ideal —ganar a un Djokovic más cerca de la retirada que de sus mejores épocas, y a Zverev— para vencer en Australia, a encontrarse ante un recorrido peligroso, duro, difícil: debía vencer a un viejo zorro como Djokovic, que además llegaba descansado y en su torneo fetiche, y a un Carlos Alcaraz renacido, dispuesto a morir y sangrar en la pista si hacía falta para llevarse el trofeo australiano al Palmar.
Creo que ese fue el momento exacto en que se terminó el Open de Australia. Sinner se asustó. Tenía que asustarse, aunque fuera solo por unos segundos, y luego lo pagó en las semifinales frente a un Djokovic que olió el miedo, la debilidad, y que le ganó no tanto por ser mejor tenísticamente, sino porque fue más fuerte psicológicamente. En ese momento, no lo sabíamos aún. Pero cuando Alcaraz rompió por segunda vez el servicio a Zverev en el quinto set de su partido, se acababa de coronar campeón de Australia. Así al menos lo anunciaba el rostro de Sinner en los vestuarios. Shalam
أحيانًا يكون من الأفضل أن تكون مع الشيطان الذي تعرفه بدلاً من أن تكون مع الملاك الذي لا تعرفه
A veces es mejor estar con el demonio que conoces que con el ángel que no conoces




1imagen….proximo modelo en ciernes….(peter o´toole)…
2imagen…el brazo izquierdo lo veo bastante robocop….
3imagen…me cago en toda la mar salada pues no me ha ganado este viejunazo…..
4imagen….que pasa! si mi rodilla izquierda parece robotica…
5imagen….tengo que pensar y descansar (mi gran amigo augusto rodin)….
6imagen….peter o´toole en ciernes….(al fondo el tenis a caballo)..
PD…musica imperial (nunca mejor dicho)…musica de conquista..
https://www.youtube.com/watch?v=Qr5E54nCDg0&list=RDQr5E54nCDg0&start_radio=1
1) Me encantaría haber aparecido en una versión cinematográfica de un libro de Los Hollister. 2) Uno de los actores que aparecen en Los duelistas. Ridley Scott. 3) El profesor y el eterno becario. 4) Ey tío.. no me vaciles que esto me duele de verdad. No estoy fingiendo. 5) Debería irme al vestuario. 6) Daniel el travieso divirtiéndose con un rifle en un bosque. PD: bonita banda sonora. Bonita fotografía. Todo bonito. Todo clásico. Spielberg aprendiendo de David Lean. jajaj
Siempre un placer leerte
¡¡¡Muchas gracias!!!