Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En fin. Cuando tenía yo 30 años, muchas personas me preguntaban cuándo podrían comprar un texto mío. A lo que yo siempre contestaba inequívocamente, una y otra vez, que ese momento llegaría, aunque no sabía cuándo. Tras resolver unos serios problemas personales en abril, que me perseguían como buitres, clavos ardientes o vampiros casi desde que nací e instalarme en México, ahora puedo decir que ese período ha llegado. Voy a tomar temazcalis de tanto en tanto, suelo recibir masoterapia, también medito y paseo por el mar, me relajo en aguas termales cuando me es posible pero la mayor parte del tiempo lo dedico a leer y escribir. Existe algo, una voz, una vibración sutil, unos ojos oscuros que me auscultan durante las noches y me persiguen mientras el sol alumbra, que me indica que esta es la etapa, la época que estaba esperando desde que tenía veinte años y comencé a escribir, y que debo aprovecharla. De hecho, hasta ahora nunca había sentido estos golpes fuertes en el estómago. Esa sensación de urgencia, de que la vida es solo una y debo empezar a dar y ofrecer lo mejor de mí como escritor, si no quiero morirme fracasado. Pensando en que no hice aquello para lo que estaba destinado.Condenado a contemplar hasta la eternidad mi rostro desangelado, sufrir las torturas con las que el jardinero castiga a sus víctimas, y gritar aterrado cuando ese ser sin alma se me aproxima sonriendo, comenzando a calentar las tenazas de hierro que desplazará por cada uno de los pliegues de mi cuerpo. Desde la cabeza a los pies.
No se me ocurre por otra parte ahora cómo será ese libro que los abuelitos santos, como se les denomina a los hongos de Oaxaca, predijeron que escribiría. Aunque mentiría si no confesase que, de vez en cuando, voy imaginando secuencias, reflexiones, desarrollos argumentales que allí aparecerán. De hecho, este blog es otro canal que busca explorar determinados detalles y aspectos con el fin de poder desembocar, llegar algún día a ese inmenso, gigantesco océano del que surgirá, como si fuera un barco sobreviviente de un naufragio, El libro que vendrá. En cualquier caso, es una manifestación concreta y cabal de que ya no tengo vergüenza ni reparos en mostrar aquello que escribo por más defectuoso que sea. Y puedo al fin ser libre desarrollando la actividad que más me atrae, que da sentido pleno a mi vida sin importarme lo que piensen los demás. Y, por supuesto, tampoco el jardinero. Ese ominoso recolectador de miedos que lleva décadas paralizándome tal vez para mi bien. Pues gracias a él, he podido madurar lentamente tal y como lo necesitaba, sin prisas,ni riesgos innecesarios hasta llegar a este cónclave exacto, esta isla sin árboles ni mar que la rodee, desde la que alcanzo a vislumbrar que la posible realización de El libro que vendrá no es ninguna quimera. Al contrario, es una más que probable realidad futura que demostrará que los caminos para que se haga la voluntad de dios han de ser siempre velados a los hombres. Pues es así, a través de la inconsciencia, las nebulosas de la vida, caminando entre túneles, que el ser humano se pone a prueba a sí mismo. E incluso puede hallar un sentido a la existencia más allá de los libros. Objetos que no son, en definitiva, más que canales para que ese milagro cotidiano diario que es nuestra existencia se manifieste, se haga realidad y, sin importar razas ni origen, los niños de todos los tiempos y mundos sonrían a la vez, porque el jardinero ha dejado al fin de podar árboles, y ha llegado la primavera al corazón de la humanidad. Shalam
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