Escapularios
Transcribo aproximadamente lo que dice Poli Díaz en una entrevista realizada a él y a Miriam Rodríguez en El mundo: “No tenía manías, no era de...
¿Qué ocurre en uno de los vórtices de acaso la región más transparente del mundo? Para empezar, creo que Veracruz sufren de varios de los males mexicanos y americanos. Pues si bien las empresas y clases altas sí gozan de muchas de las ventajas de lo que, con mayor o menor fortuna, se denomina neoliberalismo (que, al fin y al cabo es un capitalismo hecho a medida de los antiguos terratenientes reconvertidos en comerciantes y de los «nuevos ricos») el resto de la población sufre más bien sus desventajas. Su cara amarga. Aunque no sé si esta afirmación es exacta. Puesto que creo que para la mayoría de mexicanos el neoliberalismo no existe. Es un concepto teórico que algunos -tan sólo unos pocos- estudian en la Universidad y leen en los periódicos, que no tiene reflejo en su vida cotidiana, dado que el sistema realmente implantado en México es el capitalismo esclavista. La definición exacta de la globalización. Ese pseudocapitalismo colonial. Lo que significa que los sueldos de la inmensa mayoría de los trabajadores son mínimos. Sirven únicamente para la alimentación, el pago de los servicios básicos y con suerte, para dos días de fiesta mensuales.
Hace años, una española me preguntaba por qué los salarios eran tan bajos puesto que, según su razonamiento, habiendo tantos mexicanos, una subida podría incentivar el consumo hasta límites insospechados, agrandando los beneficios de las empresas y el Estado. En su momento, no supe qué responder. Pero ahora sí me atrevería a hacerlo.
En Veracruz, por ejemplo, a excepción de los grandes empresarios, los altos funcionarios estatales, algunas profesiones liberales y determinados cargos directivos de la Universidad Veracruzana además de unos pocos investigadores y profesores pertenecientes a esta última Institución, la mayoría de personas cobran sueldos ridículos. Verdaderamente humillantes e insultantes. Por lo que, en cierto sentido, es lógico que ante la impotencia y el abuso de poder absolutamente cruel por parte de los políticos, y frente a la perspectiva de trabajar durante décadas a la orden de soberbios jefes sin empatía alguna sometidos a unas condiciones laborables deplorables e indignas, muchos jóvenes sin una conciencia social, espiritual o cultural sólida terminen enrolándose en el narcotráfico. Pues, al fin y al cabo, servir de puente o contacto entre dos bandos, sobornar a la policía (también muy mal pagada), llevar un camión o un barco de cocaína a EUA o a Italia o asesinar a un cargo incorruptible, les proporciona una cantidad de dinero en efectivo tremenda que, en ocasiones, ni en tres o cuatro décadas de trabajo podrían obtener.
Para comprender, por tanto, la decadencia actual de Veracruz es necesario vincular constantemente estos dos polos: corrupción y narcotráfico. Política y droga. Y, ante todo, entender el papel jugado por el anterior gobernador, Fidel Herrera. Un visionario seductor, un hábil, inteligente y malicioso político que no dudó para dar una imagen momentánea y caduca de falsa prosperidad en comenzar a vaciar, liquidar las arcas públicas de la región, haciéndola más dependiente y débil y menos autónoma. Y lo más importante, sospecho que vislumbrando que, tras el debilitamiento de los cárteles de la droga en Colombia, Veracruz jugaría un rol muy importante en las nuevas rutas del contrabando, daría carta blanca a un pacto con determinadas facciones del narcotráfico. Consiguiendo ser apoyado y beneficiado política y económicamente por grandes criminales a cambio de permitir la circulación libre de la mercancía por el territorio, comprometerse a cubrirles las espaldas fabricando tormentas de humo continuas (la política espectáculo) y por supuesto, silenciar a cualquier periodista o facción crítica.
En fin. Como se comprenderá, en esas circunstancias pretender que las personas tengan un comportamiento cuerdo y racional es difícil. Y resulta totalmente lógico que personajes que no han escrito un solo libro ocupen importantes cargos culturales o que reconocidos drogadictos lideren instituciones sanitarias. Como que casi nadie cumpla el trabajo en el plazo establecido. Los alumnos amenacen con palizas a los profesores en caso de no aprobarlos. Doctores de talento sean pagados como analfabetos. Proliferen los chamanes (o charlatanes), las adivinas y abogados (o estafadores). La mayoría de personas acudan tarde a las citas, haya sobornos constante y debido a la perversa política de becas estatales, algunos de los más interesantes escritores vivos realicen libros sin ningún valor por miedo a perder el apoyo económico. Y encima sean jaleados con premios y aplausos.
En mi caso, a pesar de todo lo vivido (y muchas veces, sufrido) creo estar incluso agradecido finalmente. Porque es debido a este sentimiento de oprobio continuo, la violencia y destrucción, que estoy terminando de urdir el último de tres libros viciosos y horrendos, como el alma de quienes rigen los destinos de una región sobre la que oscila una guadaña de muerte. Una navaja cortante que se ha hecho más y más grande conforme, con los años, de ser un jardín filosófico con reminiscencias platónicas lleno de estatuas totonacas, se ha convertido en el jardín del mal. Un bosque de cuerpos descuartizados sobre el que prende también la condena (y castigo) del olvido. Tal vez en parte porque, con excepción de Hernán Cortés, los mexicanos (y por supuesto los veracruzanos) tienden a olvidarse de su pasado lejano y reciente con una inconsciencia casi temeraria. Y -como lo prueban, por ejemplo, el caso Porkys o el caso Paulette o tantos y tantos otros-, terminan por ignorar las más temibles afrentas antes o después. Mezclando rencor e indiferencia, desmemoria histórica y venganza personal, hombría individual y cobardía social y reivindicativa con tanta facilidad que entiendo que lo natural sería que estuvieran condenados a repetir su historia una y otra vez sin aprender de ella. O que, en caso de por algún milagro no repetirla, que fundaran una sociedad absolutamente nueva y desconocida. Capaz de sobrevivir a todo. Incluso a su peor enemigo: ella misma. Su tolerancia al mal y su permisividad y extrema indiferencia con la amoralidad que provocan que sea muy difícil pensar en un político de cualquier partido que no sea corrupto y tan peligroso como cualquier narcotraficante. Lo que, al fin y al cabo, explica el que si tuvieran que elegir entre salvar la vida de el Chapo Guzmán o de Enrique Peña Nieto, la mayoría de mexicanos sin dudarlo, escogerían al primero. Pues al menos el líder del Cártel de Sinaloa no engaña. No se hace pasar por quien no es. Y ocupa su lugar en los jardines del mal con discreción y dignidad. Como un sigiloso actor que no necesita más protagonismo del que ya tiene. Shalam
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