Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Se percibe que Christina Stead no se encontraba en paz consigo misma cuando construía la novela. Me atrevería a decir incluso que la escribió para no volverse loca y que dudaba entre trazar un texto oscuro y negro sin salida, un conjuro de brujería ausente de esperanza, o una narración mucho más luminosa y cercana a sus vivencias reales. De hecho, los desequilibrios de su libro se encuentran en este punto en concreto: en que la escritora australiana no desarrolló la actitud punk hasta el extremo. No vomitó la bilis de un tirón y, en ocasiones, es demasiado respetuosa con la tradición. Intenta encajar un cuento de hadas maligno en una especie de novela río. Lo que provoca que se solapen en determinados momentos las descripciones impresionistas de paisajes y la caracterización psicológica de los personajes, haciendo que se pierda de vista aquello que hace sumamente interesante el texto: la destrucción lenta, corrosiva e impiadosa del matrimonio Pollit.
Christina Stead no es Thomas Bernhard ni falta que hace, pero lo cierto es que con los mimbres presentados aquí, el austriaco hubiera compuesto un submarino nuclear. Un texto que, una vez leído, le hubiera quitado las ganas de casarse o tener un hijo a cualquiera. No obstante, Stead no se queda corta. Mucho más tímida, eso sí, que el lobo europeo, nos describe con malicia femenina a un perro vestido con telas de distintos colores parecido a un ridículo arlequín. Es decir; ridiculiza a la familia mirándola desde la distancia mientras juega con diversas posibilidades y combinaciones que le permiten componer un sombrío retrato cubista de su disolución. Un fresco repleto de palabras sobre la imposibilidad de comunicarse.
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