El buen salvaje
A continuación dejo en avería un nuevo pasaje de Un reino oscuro que se encuentra incluido dentro de una reflexión más extensa (un monólogo de un...
Jean Paul Sartre era un idealista en comparación con Onetti. Pensaba que el mundo era un infierno y creaba obras para demostrar esta teoría. Sartre era un matemático. Un escritor muy lógico. Sus obras eran teoremas sobre la angustia. Sartre se agotaba escribiendo. La nausea, por ejemplo, es un intenso esfuerzo nihilista por demostrar que la vida no tiene sentido. Sartre debió acabar exhausto de escribirla. Listo para recibir masajes y comenzar a pensar qué teoría destructiva deseaba a continuación demostrar. Ejemplificar. No advierto sin embargo, cansancio en Onetti. No. Porque Onetti era instintivo. Describía lo que sentía más que lo que veía. Pintaba un lienzo dejándose llevar. Creando cuando las musas lo llamaban. Sin saber hacia dónde iba ni el resultado.
Onetti es uno de esos escritores que se fijaban en las manchas de la ropa de las personas con las que se cruzaba. De aquellos a los que les gustaba ver su manuscrito lleno de tachones y no olisqueaba el vaso de Whisky hasta que no estaba terminado. Onetti sacaba un cuento impresionante del roto de un pantalón, de la camisa mal cosida de una muchacha, una barba enmarañada, un mentón mal afeitado y unos ojos llenos de legañas. Escribía como un perro. Era fiel, muy fiel a sus instintos agresivos y destructivos. Antes de escribir, siempre ponía su hígado sobre la mesa.
En la obra de Onetti, los personajes no fracasan porque es la misma obra de Onetti la que es el fracaso. Tanto que ni siquiera pone demasiado énfasis en describir su rabia y locura.
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