Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares

En cualquier caso, afirmo, es cierto que no todo es negativo. Algo bueno, aunque parezca mentira, tenían que aportarme estos maestros del horror y la inmundicia. Para empezar, me han ayudado a eliminar cualquier atisbo de neurosis de mi mente. Yo ya no pienso en el suicidio ni me entristezco o sufro ciertos bajones de tanto en tanto. En lo último que pensaría ahora mismo sería en solicitar la ayuda de un profesional o caminar por la selva en busca de un chamán. ¡Ja! ¡Esto es imposible teniéndolos en frente! De hecho, he desarrollado mi rabia y furia a niveles nunca conocidos por mí. Y por supuesto antes que matarme, obviamente los mataría a ellos. Por lo que, en cierto sentido, se puede decir que, sí, me están empujando a vivir. A respirar con fuerza y llenar mis pulmones con aire puro, afirmando con alegría que el Imperio Romano salva vidas. Protege almas. Concede alimento al herido. Aporta esperanza. Ayuda moral y espiritual. En suma, nos aporta fuerzas para superarnos a nosotros mismos con el fin de verlos caer del poder, desprenderse de sus poltronas, poder escupirles y sentir que el miedo causado se vuelve contra ellos. De hecho, si antes no pisaba una iglesia aunque me mataran o si lo hacía era por razones que poco tenían que ver con la religión católica, ahora lo hago día a día. Tarde a tarde, a la misma hora, me presento ante el púlpito y la figura de Cristo desangrada, pidiéndole, casi exigiéndole a gritos, que me conceda los años suficientes de vida para ver sufrir a estos miserables. Ser testigo de su dolor con alegría y placer como ellos han hecho con tantas personas de buena voluntad. Gentes desesperadas a las que han quebrado la vida, ilusiones y esperanzas. ¿Qué más se puede añadir? A mí, de alguna forma, me han obligado a ser un jinete dividido entre dos mundos pero eso sí, debo reconocer que gracias a su empuje por aplastarnos, están comenzando a convertirme en un escritor decente. Me han obligado a fortalecerme y superarme a mí mismo hasta límites impensables. Pues al fin y al cabo, el Imperio Romano engrandece y robustece. Crea artistas y escritores invencibles que habría sido imposible que surgieran o probaran su valor sin su ayuda.
¿Qué más puedo decir? En dos semanas, voy a aprender a manejar una lanza, una daga y el arco y varias flechas y una pistola, un sable y una metralleta. Por lo que como algún gobernador más, algún sátrapa infecto más, declare ante el Senado que la culpa del contagio por Ébola la tiene la enfermera, cualquier ejército o brazo armado que se una para derrocar a estos inmensos cerdos que someten con mano de hierro y a punta de pistola policial, militar y mediática a la población, puede contar conmigo. No me importa ya ni la cárcel ni morir si contribuyo a quitar la simiente de uno de estos cerdos del planeta a los que únicamente puedo agradecer que me hayan enseñado a odiar. Porque el odio que siento hacia ellos me hace desear vivir hasta la eternidad. Y así en realidad, es que se forjan las revueltas. No con el heroísmo de unos pocos ni el dinero de los comerciantes y fenicios y sionistas sino a través del odio grabado a sangre y fuego en la piel de los prisioneros. Esos vándalos a los que hasta Cristo perdonaría si asesinaran de una vez a los puercos: Calígula y su grupo de ominosos centuriones que día a día y gesto a gesto están precipitando la llegada del juicio final. Shalam
0 comentarios