Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En fin. El sistema es perverso. Es el Coyote persiguiendo eternamente al Correcaminos. Promueve la admiración y tolerancia a músicos que sabemos que se drogan e inyectan anabolizantes habitualmente para aguantar extenuantes giras o a las personas que utilizan esas substancias para adoptar patrones de otro sexo. Pero al mismo tiempo, nos fuerza a repudiar a deportistas dopados, a los que tratamos como si fueran sacerdotes que hubieran roto un voto de castidad. Algo que me parece un error de partida. Y explica en parte el suicidio de Marco Pantani. Porque en la sociedad del espectáculo, músicos y deportistas como doping y dinero-deuda son, repito, exactamente lo mismo. El Gordo y el Flaco. Cumplen una función parecida a la que antiguamente realizaban los monjes, sacerdotes y guerreros heroicos (o a la que hoy en día realizan los presidentes de las naciones) a los que se les permitían todos los vicios si realizaban con eficiencia la misión encomendada por las élites: enriquecerlos.
En el caso de las estrellas del pop y del deporte, unos hacen música y otros compiten por ser los mejores. Unos aspiran -al menos los más honestos- a construir obras de arte y otros, a batir records y ganar campeonatos pero, en esencia, ambos sirven al sistema. Son sus negros útiles. Distraen y engañan a la población. Substraen su conciencia. Son utilizados como objetos de manipulación y seducción, jugando con la inocencia de los espectadores. Puro Walt Disney. El león de la Universal rugiendo y transportándonos a otros mundos o a una realidad paralela donde, en el caso del deporte, las promesas -al contrario que en el terreno político- supuestamente deberían cumplirse y los objetivos ser conseguidos limpiamente. Unos conceptos teóricamente no muy diferentes de los que componen los programas de los partidos políticos antes de presentarse a unas elecciones o al código de buenas maneras de los bancos y empresas. Burda manipulación, en el fondo, que salta por los aires al menor roce o contacto. No aguanta la prueba del algodón por más que los mass-media intenten limpiarla con imágenes y palabras que responden básicamente a intereses económicos, absolutamente alejados de ese supuesto altruismo que se atribuye a deportistas que en un mes ganarán más que nosotros en el resto de nuestra vida.
Seamos serios. La cuestión no es si los deportistas se dopan o no, como tampoco la de cuantos títulos ganen, sino si básicamente consiguen aquello por lo que realmente les pagan: ofuscar y embrutecer a la población. Conseguir que pierda la cabeza y si es posible, el ser y el espíritu, en interminables debates sobre Lance Amstrong o Alberto Contador. ¿Alcanzará finalmente el Coyote al Correcaminos? ¿En cuánto tiempo lo hará? ¿A cuánto asciende la fortuna del Tío Gilito? ¿Cómo se casaron Mickey y Minie? ¿Quién es el jugador que más veces ha encestado desde siete metros? ¿Cuántas Copas de Europa tiene la Roma?
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