Un niño terrible y genial
Dejo a continuación un nuevo videoavería dedicado a un un genio del baloncesto europeo que, lamentablemente, abandonó este mundo demasiado pronto...
Maradona no es un mito. Es una religión. Un cruce gamberro entre el Che Guevara, Cristo y un delincuente napolitano. El no jugaba al fútbol. Se divertía. Se iba de juerga. Se emborrachaba de felicidad. Convertía el césped en un carnaval y a sus oponentes en muñequitos de futbolín. De Maradona, como de la pornografía o los dioses del Olimpo, no se puede hablar normalmente. Hay que hacerlo con superlativos. Con esplendorosos adjetivos calificativos porque todo él es una barbaridad. Una bestialidad. De hecho, creo que este avería debería estar escrito en mayúsculas o ser un cántico entonando ese nombre que su inmensa fama y popularidad prácticamente han convertido en un apodo. Porque no existen términos medios para referirse al Louis Amstrong y al Picasso del balompié. Un hombre que nació con el esférico pegado a los pies, no se drogaba sino que se enchufaba por la nariz la mitad de Colombia y cuando golpeaba a la pelota parecía que lo hacía al mundo entero. Tanto es así que no importa dónde uno se encuentre y en qué situación, puesto que basta aludir a su figura para despertar ilusión y sonrisas en taxistas, maleantes, rockeros y oficinistas trajeados. Y también un innumerable reguero de insultos e improperios. Los habituales aullidos de la jauría. La cólera salvaje de la plebe y el soberbio desprecio de los burgueses.
Diego era tan intenso y provocativo jugando que causaba orgasmos constantes. Messi es perfecto pero Maradona único. Puro corazón imposible de explicar y analizar. Cuando corría por el campo, se intuía la presencia de dios. De algo inexplicable y visceral. El grito sagrado de la creación. Y cuando realiza declaraciones o aparece ante una pantalla, todos sabemos que la va a liar. Que va a destrozar la cámara, salir apaleado o provocar un vendaval como el más osado rockstar.
Para poder hablar de los goles y pases de Maradona, creo que hay que encontrarse en otra dimensión. Haber nacido y muerto varias veces. De hecho, ha vivido unas cuantas vidas en esta. Y ha caído en tantos charcos y atravesado tantas tormentas que no me siento capaz de hacerlo. Porque el personaje es tan grande que opaca todo lo que se pueda decir sobre sus zarpazos de tigre durante el Mundial del 86, sus bodas de sangre con los napolitanos o sus continuos zapatazos a José Luis Núñez y los directivos de la FIFA.
Diego además, tiene algo de superhombre nitzscheano. Ha vivido más allá de las opiniones y el nihilismo y ha trascendido depresiones con atracones de comida, insultos, mentadas de madre a los periodistas y cabezazos a las cámaras, demostrando que no sólo es humano sino que es demasiado humano. Una persona que no es ni mejor ni peor que cada uno de nosotros y probablemente incluso sea más vulgar que la mayoría, pero nació con la capacidad de transformar el balón en una hostia divina y hacer sentir lo que es el paraíso a quienes ni tan siquiera han atisbado un pedazo de dicha en esta vida y están destinados siempre a llevarse la peor parte en el reparto de los bienes. Por lo que se le perdona y se le consiente lo que a nadie. Algo que él internamente sabe y cree que merece porque demostró con unos cuantos cabezazos y carreras por el centro de un terreno de juego al resto del mundo que el cielo y el sur, sí, como cantaba Serrat, también existen. ¡Vaya sí existen! Shalam
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