Pequeño circo
Terminé hace unos días de leer la Historia oral del indie de Nando Cruz y tengo dos sensaciones contrapuestas. Por un lado, agradecimiento por el...
Gene Vincent no era el rey de los disturbios. Era una antiestrella capaz de transformarse sobre un escenario en una bestia o un trovador medieval con absoluta naturalidad. Casi sin esfuerzo. Y, desde luego, no fue un intérprete escandaloso aunque dio muchas actuaciones tumultuosas y furiosas. Era más bien una voz susurrante que indicaba que el fuego iba a incendiar América. Un artista sugerente que apuntaba a futuros estallidos que él se conformaba con atisbar. A veces, sí, conseguía que un teatro entero se moviera y sus paredes retumbaran pero se percibía que donde se sentía cómodo era en su habitación. En medio de un pequeño bar. No tenía ni una voz poderosa -aunque sí bastante técnica- ni un aspecto vendible. Trascendía por cabezonería. Por su capacidad de crear ambientes y texturas románticas en ambientes cortantes. Tenía, de hecho, un aspecto solitario y huidizo y un carácter un tanto tímido que no le permitieron, por ejemplo, triunfar en Europa ni convertirse en un icono del rock hasta que un ingenioso productor televisivo, Jack Good, le obligó a vestir cazadoras de cuero durante una gira por Inglaterra.
No tuvo que ser fácil, desde luego, para Vincent convertirse en un músico desahuciado y anónimo en su propio país. Saber que su nombre era historia de la música pero era totalmente ignorado y tenía que sobrevivir dando conciertos minoritarios a decenas de miles de kilómetros de su lugar de nacimiento. O sentir que la gente lo valoraba más por lo que había hecho que por lo que aún podía ofrecer.
Gene Vincent, el hombre que se encuentra detrás de ese nombre que resuena esplendoroso en cuanto alguien abre un libro sobre la historia del rock, se había convertido en un fantasma en su país. Un exiliado cuyos conciertos eran más entierros que espectáculos pero que no había llegado al grado de malditismo para que se le dedicaran documentales o poemas nihilistas. Viéndose condenado prematuramente al anonimato y, lo que es aún peor, a la indiferencia. Enemigos contra los que se encontró forzado a emprender una batalla para la que apenas tenía fuerzas dado que, en su caso, tanto el éxito como el fracaso fueron impostores. Asesinos furiosos que robaron el alma de un artista cuyos lamentos y sufrimientos apenas conocemos porque probablemente fue una persona digna. Alguien consciente del maquiavelismo de la industria musical, las veleidades de la historia y de que, con que tan sólo una persona pagara una entrada por escucharle, podía considerarse un privilegiado. Su vida tenía sentido. Shalam
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