Vino y muerte
¡Qué enorme vacío! El pasado septiembre murió Dave Kusworth. Un músico esencial del que he de confesar que no tenía conocimiento hasta entonces....
No obstante, existen por supuesto algunas diferencias entre sus distintas etapas artísticas. Galaxie tal vez llegaron demasiado tarde. Porque aunque encajaban con cierta comodidad en el cajón de la música indie, en realidad, creo que se hubieran sentido mejor en el de música psicodélica. De hecho, creo que sus composiciones son una especie de digestión de la era del LSD. O tal vez una consecuencia de la larga resaca que siguió a la defunción del sueño hippie. Aunque para ser justos, tal vez lo más adecuado sería considerarlos como un encuentro entre los escombros de la new wave y de Woodstock. Un cruce en medio de ninguna parte de Jefferson Airplane y Television. Y Luna tal vez llegaron demasiado pronto. Porque, en gran medida, son pioneros del dream pop. Y, sin dudas, su falta de popularidad y de medios para darse a conocer masivamente, les perjudicó. Porque eran una banda ideal para formar parte de la banda sonora de una película de David Lynch. Me imagino, por ejemplo, una de sus canciones ilustrando películas como Corazón salvaje, Terciopelo azul o Mulholland Drive entre aullidos de Dennis Hooper, Roy Orbison y Chris Isaak y no puedo evitar levitar. Más que nada, porque la mayoría de ellas son odas sencillas a la belleza que rememoran en gran medida el pop de los 50 y 60. Pero detrás de toda esa simpleza e inocencia se esconde algo oculto y perverso como en parte, transparenta la suave y frágil voz de Wareham.
En la biografía de Wareham, Postales rotas, se pueden vislumbrar muchas de las claves de su estilo musical. No tanto -es curioso- por las confesiones del músico sino por la manera en que escribe. Wareham es conciso. Breve. No realiza disgresiones. No es apocalíptico. Tampoco busca epatar con un lenguaje florido lleno de flores metafóricas como Morrissey. No quiere hacer el LIBRO. La AUTOBIOGRAFÍA total. Todo lo contrario.
A veces, las limitaciones ayudan. Wareham nunca fue un gran guitarrista. Pero gracias a ello, profundizó en los tres o cuatro acordes que sabía tocar y casi se inventa una forma de interpretar pop. Una manera de hacer discos y componer. En realidad, sus canciones engañaban. Podían pasar perfectamente, en una primera escucha, como cándidas odas ideales para escuchar tomando un daikiri, contemplar un atardecer entre palmeras o viajar por una soleada autopista. Pero su repetida, continuada escucha provocaba un fenómeno extraño, absorbente: era capaz de convertir situaciones ideales en dramáticas, tensas.
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