Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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César Vallejo es un huérfano huidizo. Su poesía no es solemne. No es total. Es frágil. Por momentos, no existe. Se va y se vuelve a ir. Sus versos no marcan ni señalan un camino. Vallejo no deja huellas. Las borra. Y ahí radica su consistencia. Es un mito porque no quiso ser mito. Porque lo que dejó escrito fueron palabras sordas. Dichas en voz baja y sin confianza. De hecho, tengo la impresión de que creía molestar a sus oyentes cuando les leía un breve texto escrito por él durante varios días. Pienso además que la mayor parte de poemas que urdió, los rompió o los perdió no por un afán de perfección sino porque no distinguía lo que debía ser publicado y lo que no. Puesto que no se consideraba un poeta profesional. Era un hombre de banco y parque, de mesa y papel, de escritorio y café. De silencios más que de palabras. Alguien que siempre estaba de perfil. Que no deseaba salir en la foto. Algo que se percibe en su poesía: la mesa situada más al fondo de una celebración. Shalam
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