Fútbol argentino: un mundo sin Dioses (2)
Dejo a continuación la segunda parte del texto sobre fútbol argentino que colgué hace unos días. Ahí va: Obviamente, el fútbol no sólo fue una...
En la era pre-Cruyff, a los defensas no se les requería que salieran con el balón controlado, poseyeran una gran visión de juego o que devolvieran la pelota al primer toque. Ni tan siquiera, una mínima visión táctica. A un defensa, se le pedía destruir. Pundonor. Que tuviera un par de cojones. A poder ser tan grandes como el motor de un tractor. Se le exigía que amedrantase al delantero centro y si es posible, al árbitro. Porque la palabra defensa era casi sinónima de navajero. Alguien al que se le valoraba por las tarjetas amarillas que le habían sacado a lo largo de su carrera y tenía que ser expulsado varias veces para ser respetado. Ganarse la confianza de estos técnicos que los utilizaban como perros de presa. El último arma a utilizar cuando el juego no acompañaba y la derrota se cernía en el horizonte. Por ello, era muy difícil que tuvieran una estatura pequeña o una complexión débil. La mayoría eran robles. Troncos. Camioneros. Pues no importaba tanto su agilidad como la capacidad de incomodar a los rivales. De imponerse por fuerza, garra y cuerpo.
Los defensas eran defensas tanto por su capacidad de frenar las embestidas de los enemigos como por sus salvajadas. Ciertamente, representaban el limite justo entre la civilización y la barbarie. Ya que, de no tener que atenerse a las reglas de un juego, no era difícil imaginárselos cortando brazos y piernas en jaurías sangrientas. Pegando cabezazos en un bar o yéndose de putas durante los días de semana.
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