La naranja
Tengo la impresión de que, como sucede con los auténticos genios, la influencia de Johan Cruyff no solo no ha disminuido tras su muerte, sino que ha...
En la era pre-Cruyff, a los defensas no se les requería que salieran con el balón controlado, poseyeran una gran visión de juego o que devolvieran la pelota al primer toque. Ni tan siquiera, una mínima visión táctica. A un defensa, se le pedía destruir. Pundonor. Que tuviera un par de cojones. A poder ser tan grandes como el motor de un tractor. Se le exigía que amedrantase al delantero centro y si es posible, al árbitro. Porque la palabra defensa era casi sinónima de navajero. Alguien al que se le valoraba por las tarjetas amarillas que le habían sacado a lo largo de su carrera y tenía que ser expulsado varias veces para ser respetado. Ganarse la confianza de estos técnicos que los utilizaban como perros de presa. El último arma a utilizar cuando el juego no acompañaba y la derrota se cernía en el horizonte. Por ello, era muy difícil que tuvieran una estatura pequeña o una complexión débil. La mayoría eran robles. Troncos. Camioneros. Pues no importaba tanto su agilidad como la capacidad de incomodar a los rivales. De imponerse por fuerza, garra y cuerpo.
Los defensas eran defensas tanto por su capacidad de frenar las embestidas de los enemigos como por sus salvajadas. Ciertamente, representaban el limite justo entre la civilización y la barbarie. Ya que, de no tener que atenerse a las reglas de un juego, no era difícil imaginárselos cortando brazos y piernas en jaurías sangrientas. Pegando cabezazos en un bar o yéndose de putas durante los días de semana.
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