Con la camisa partía
En el año 1989 Camarón de la Isla publicó Yo soy gitano. El disco más vendido de la historia del flamenco. El tema que lo abría y que le daba título...
Si he de ser sincero, no me parece casualidad lo que ha sucedido. Siempre he estado muy atento a las señales y símbolos. Mis épocas más neuróticas han sido aquellas en que me he centrado únicamente en mis propios deseos y no he tenido en cuenta que tal vez todo lo que me ocurría, formaba parte de un plan divino o cósmico. Lo digo porque si bien al principio, me enojé cuando veía el archivo de El jardinero cerrarse en cuanto aparecía su nombre en letras grandes sobre el primer plano en la pantalla, al cabo del tiempo me pareció un hecho muy significativo, para nada casual, del que podía extraer alguna lección. Pues comencé a interpretar este extraño fenómeno como una forma perversa y juguetona por medio de la que la novela y sus personajes se ponían en contacto conmigo. Algo lógico y casi necesario, pienso, teniendo en cuenta que El jardinero es un retrato del mal en primer plano, y que me estaba planteando dar por finalizada la novela cuando, en realidad, -y esto es lo que creo que estas señales me advertían- lejos de encontrarme en proceso de concluirla, estoy acercándome al punto de ebullición exacto desde el que estructurarla y darle su forma definitiva.
En cualquier caso, se comprenderá que, por más que sean gajes del oficio, no sea fácil estructurar el libro de una forma inconcebible, totalmente diferente a como había pensado hasta ahora. Y por ello, visité ayer a doña Lupita con la intención de consultarle si mi decisión era la acertada. Para confirmarlo, esta mujer optó por realizar una tirada de caracoles y otra de runas y la respuesta fue positiva. Ambos oráculos indicaban que debía ahora darle el aspecto definitivo a la narración y que si insistía, ya al fin, saldría satisfecho. Obviamente, no sólo dijeron esto. Doña Lupita -hablando de problemas temporales- es una maestra del tiempo, sabe manejarlo y adaptarlo a sus necesidades y, en ningún caso, esclavizarse a él. Por lo que no tiene problemas en referir historias que puedan ayudar a sus consultantes. A mí, por ejemplo, me leyó un cuento. Una muy hermosa historia de origen afrocubano que forma parte de los famosos patakines de Iroso Umbo. Y también me dio determinados consejos. Algunos personales y otros referentes al libro. Sobre El jardinero me dijo en concreto que pusiera énfasis en determinados símbolos: el fuego, un incendio y sus llamas, unas escaleras, un amuleto formado por la cola de crin de un caballo. Y me preguntó si me sugería algo un problema de herencia y un contrato indefinido. A lo que contesté que sí por diversas razones que podrá conocer el lector en su momento. También me insistió en que la leyenda siempre debe vencer a la historia. Y, por último, me comunicó muy seriamente, que tuviera en cuenta que perdiendo se gana; que tenía que ser osado, ir más allá del propio libro; y debía por tanto escribir esta última parte, siendo perverso y tormentoso. Intentando que el lector se volviera loco con el personaje, o al menos exhalara un poco de la fragancia negra que yo debía entresacar mirando mi ojo izquierdo fijamente en un espejo durante cinco minutos antes de sentarme a escribir, y terminar el libro de una vez. Un objetivo que obtendría en un plazo más breve del que pensaba con resultados satisfactorios, como me certificó al mostrarme la última runa. Ni más menos que Odín: el destino tragando a los seres humanos en su foso.
En fin. ¿Es necesario añadir algo más? Tal vez referir que ahora mismo los archivos de word, como no podía ser de otra manera, funcionan correctamente. Y que hay varios discos más que se han añadido a la nutrida banda sonora de la novela. Pero que, de entre todos ellos, destaca uno que he escuchado repetidas, insistentes veces, mientras describía aquellas escenas en las que el sol vuelve a salir en el condado, quemando a miles de personas que, como autómatas locos, reciben sus rayos con las manos abiertas después de tanto tiempo sin sentirlos. Me refiero al inquietante Mirage de Klaus Schulze. Y, en concreto, a su segundo tema, Cristal lake, que me gustaría que todos aquellos que leyeran la novela, escucharan al menos en una ocasión a lo largo de su vida. Shalam
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