La guerra del cerdo (8)
Prosigo con mi particular diario –La guerra del cerdo– y dejo a continuación algunas de mis últimas impresiones y experiencias con ese mundo...
Finalmente, sí, logré concluí la tesis en Poitiers (Francia). Ciudad a la que me dirigí con el objetivo de aprender francés y terminar de familiarizarme con una corriente filosófica, el racionalismo, que había sido esencial para que Sábato construyese sus tres novelas. No puedo evitar emocionarme a día de hoy todavía, rememorando la tarde en que escribí el epílogo. Las palabras parecían colocarse solas sobre el papel mientras mi cuerpo se inflamaba y desinflamaba conforme sentía que esa experiencia extrema, monumental concluía. Comprendía que había cumplido al fin el objetivo y emergían lágrimas de mis ojos porque los dioses me habían arropado y permitido cumplir este gran deseo.
He de reconocer, en cualquier caso, que no me preocupa en exceso publicar los averías con ciertos errores. Básicamente, porque en el momento en que pienso (y siento) que he sido capaz de expresar lo que deseaba decir, suelto el texto. Entiendo que se encuentra de más entre mis manos y quiero que sea leído cuanto antes por un «otro». Y poco a poco, a medida que otra persona va leyéndolo, suelo sentir la necesidad de ir corrigiendo los detalles. Es este realmente, un proceso que me resulta extraño de explicar pero lo cierto es que hasta que no aparece una segunda persona entre yo y aquello que escribo, no detecto ciertas fallas e incluso faltas ortográficas. Necesito, por tanto, que los «otros» aun sin decirme o mencionarme nada expresamente, me hagan ser conscientes de mis errores por el mero hecho de consultar lo escrito, para dedicarme a pulir los averías.
En fin, realmente estoy convencido de que nos llevaríamos muchas sorpresas si pudiéramos conocer versiones previas de novelas que leemos ahora con estupor y agradecimiento. Y con sorpresas me refiero tanto a asuntos estilísticos como argumentales. A veces -y tal vez lo haga en el futuro- me he planteado colocar en avería, algunos de mis borradores. Creo que sería un acto eficaz para comprobar cómo funciona la literatura y una prueba más para verificar el hecho de que es trabajando y trabajando, y puede que con cierta inventiva imprescindible, como se forjan los libros. Además de, claro, con pasión, locura e inconformismo.
No sé si he conseguido explicarme bien. Vuelvo a aclarar como ya hice en un avería anterior, que muchas veces, creo no poder hacerme entender de la manera que deseo. Pero vamos, básicamente, quería subrayar que me resulta sumamente interesante imaginar a un lector leyendo uno de los muchos borradores de El jardinero años después de haber leído la novela. Y sobre todo, intentar visualizar su rostro de asombro al descubrir que en sus páginas se desarrollaba una relación homosexual entre el conde y un pastelero del condado, así como todo un cúmulo de detalles diferentes que si bien no aportarían nada nuevo a la obra, tampoco le restarían. De hecho, seguramente amplificarían algunos de sus presupuestos. Motivo por el que abogo porque el género de las correcciones tenga su lugar en el futuro o al menos, se le de una mínima atención. Más aún, teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, como sugería Cortázar -haciendo alusión a las improvisaciones que inundaban los discos de los grandes artistas del bebop- toda la literatura es un «take», un «intento» de construir un «texto» que nunca podrá ser perfecto. Pues de serlo, estaría muerto para siempre y jamás. Shalam
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