Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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La Edad Media es un época oculta y misteriosa porque es la edad de Oro de la depravación. Un tiempo en el que los tiranos no tenían oposición. Su voz era, a la vez, la de dios y la del diablo. La ley que justificaba las violaciones y las humillaciones. Las habitaciones de las casas modernas tienen como objetivo el placer. Son cómodas cajas hedonistas donde los accesorios y complementos sexuales son, a veces, más importantes que el orgasmo. El sexo moderno es, por lo general, deseo de confort. Una traducción más o menos esmerada de un vídeo erótico. Una obligación. Un deber embrutecedor que suele acabar en impotencia o insatisfacción por exceso de condimentos. Sin embargo, en los castillos no se buscaba tanto el placer con el morbo. Enfrentar cara a cara a la muerte. El sexo en la Edad Media era o bien un homenaje al mundo natural y a dios o bien un sacrilegio. Un abrazo total y absoluto a los cielos o un beso con la lengua al demonio y a esas gárgolas amenazantes que se reían viciosamente cerca de los ventanales de las catedrales góticas.
Puedo vislumbrar visiones sexuales y oníricas de todo tipo -repito- al contemplar un castillo. Desde grupos de mujeres desnudas recorriendo sus distintas salas montadas en caballos negros hasta varios eunucos adorando un enorme falo mientras se escuchan ruidos incomprensibles procedentes de las habitaciones cercanas o el rostro violento de un noble aullando de placer conforme decenas de siervas succionan su miembro.
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