El hombre que amaba a los niños
Basta con observar durante unos instantes cualquier fotografía de Christina Stead para saber que su infancia no fue feliz y que un regusto agrio...
Carrie es una demostración de que que tal vez la novela de terror no sea más que el reverso del cuento infantil. Que para componer una historia capaz de escalofriar y perdurar en la mente de los lectores, -además de ciertas dosis de talento- bastaría con hacer salir a la superficie todo lo que esconden y no pueden decir explícitamente los cuentos de folklore tradicionales: Caperucita roja, Blancanieves, La bella durmiente, Cenicienta.
En cualquier caso, Carrie no era únicamente un opuesto del cuento infantil o una versión zombie de La cenicienta. Porque esa chica que no podía evitar nadar en mares revueltos de sangre era, asimismo, una metáfora muy acertada para transmitir la náusea presente en un país recién salido de la guerra del Vietnam o mejor aún, una manera de demostrar sobre qué mimbres se había levantado una nación parecida a esos imberbes adolescentes fanfarrones que rodeaban a Carrie: la sangre y matanza de indígenas cuyo recuerdo negado y oculto bajo murallas de edificios, imponentes universidades y formidables vehículos terminaba por golpear esquizofrénicamente a toda la población en la matanza final.
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