Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
Ciertamente, estas (aparentes) contradicciones que no terminan de cristalizar en una visión definida del libro, se corresponden perfectamente con la imagen de su hacedor: Manuel Mujica Láinez. Un escritor que, debido a sus orígenes burgueses, descender de una familia de alto rango económico que lo educó en Europa, nunca alcanzó el amor del pueblo argentino. Fue visto más como un rico con talento cuya inteligencia, bienes y dones le permitían gozar de la vida a todos los niveles (incluido el cultural) que como un escritor trascendente. Y además, probablemente se vio bastante perjudicado por haber llevado a cabo su obra en una época plagada de increíbles escritores argentinos e hispanoamericanos. Más a su derecha y a su izquierda siempre se encontraba alguien. Borges podía ser más clasista y pedante que él, Marechal (no importa que Láinez dedicara un gran número de libros a su país) era considerado más argentino y autóctono y, desde luego, su imagen se encontraba muy lejos de la de los escritores marxistas, revolucionarios o vanguardistas. En medio de la década de los 60 o los 70, su prosa no olía a sudor ni a riesgo, era casi neutra comparada con la de los marxistas, estructuralistas y antiperonistas, y esto era lo peor que le podía ocurrir a un escritor en años tan politizados.
Pocas veces, en cualquier caso, un autor se ha confundido tanto con un tema como lo hizo Mujica Láinez con Bomarzo. Algo que se percibe en cada una de sus líneas. Básicamente, porque el escritor argentino no es que se identificara con Pier Francico Orsini, sino que sintió que él había sido aquel duque y condottiero romano en una vida pasada. Una creencia que provocó que su implicación en el proyecto fuera máxima y superara todos los límites creativos que eran esperables cuando comunicó al mundo literario su intención de llevar a cabo una biografía novelada -a mitad de camino de la ficción y la realidad- de aquel astuto caballero.
Láinez se aprovecha de los complejos, celos, problemas y rivalidades del duque de Orsini para explorar su propia personalidad. Convirtiendo el libro en una asombrosa confesión que descubre tanto las partes oscuras de un hombre prácticamente desconocido -de hecho, no existe ninguna certeza de que sea el duque italiano, el protagonista del retrato de Lorenzo Lotto que suele aparecer en la mayoría de las portadas de las diversas ediciones de la novela- como las suyas propias. Consiguiendo hacer de Orsini no sólo un personaje creíble sino imprescindible. Un jorobado cojo, sagaz y taimado, hábil y escurridizo, sensible y feroz, educado entre traiciones y amante del arte, cuyas palabras ponen voz al alma de decenas de caballeros renacentistas obligados a convertirse en máquinas de astucia para sobrevivir.
En fin. Bomarzo es realidad, magia, historia y una sorprendente autobiografía. Casi un exorcismo literario. Y, sobre todo, una novela eterna. Tan grande que no me resulta extraño del todo el que -al igual que su escritor- resulte muy difícil de encasillar ni el que, a pesar de no haberse convertido en un festín de masas, haya conseguido ocupar un rincón mágico y encantado en el corazón de muchos fieles lectores que casi que pudimos tocar a Miguel Ángel, Maquiavelo y un sinfín de personajes esenciales de la historia occidental, leyéndola. Algo lógico porque Bomarzo no es un libro intelectual. Es un libro sentimental. Una apasionada carta de amor a la belleza y el arte. Un palacio de Bernini transformado en literatura. Shalam
0 comentarios