Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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No obstante, estos son tan sólo unos pocos detalles de muestra de la vida de una personalidad ciertamente peculiar y diferente. Pero hay muchos más y casi todos ellos encuentran su reflejo en el fútbol. A Baggio se le recuerda muy superficialmente por un penalti errado (aquel de la final contra Brasil en el Mundial 94) pero la mayoría de los que tiró, los marcó. Fue durante muchos años el estandarte de su selección pero sin embargo, siempre estuvo discutido por sus entrenadores y pasó muchas temporadas sin vestir la azzurra. De hecho, uno de los tres mundiales que disputó, (Italia 90), lo comenzó en el banquillo y tan sólo, el mediocre desempeño del equipo, lo hizo salir al campo. Y en los otros dos, Arrigo Sacchi y Cesare Maldini se vieron forzados a ponerlo de primeras o bien por lesiones (Mundial 98) o bien porque su nivel era tan grande que dejarlo fuera, (Mundial 94) hubiera podido provocar un escándalo nacional.
No acaban por supuesto aquí las paradojas. Porque, a excepción de su etapa en la Juventus, (equipo con el que por otra parte conquistaría la Liga cuando pasaba más tiempo en el banquillo que en el campo) Roberto Baggio no consiguió jamás triunfar plenamente con ningún equipo grande. Sus desembarcos en el Inter y el Milan se saldaron con sendas fustraciones. Conflictos con entrenadores incapaces de comprenderlo que le exigían unas prestaciones que no podía dar sin desnaturalizarse totalmente, nuevas lesiones y alarmantes estados de forma que no le permitieron brillar salvo en muy contadas (y sonadas) ocasiones.
Asimismo, Roberto Baggio tenía ciertos rasgos señoriales en su porte. Parecía en ocasiones un conde renacentista. Un hombre sofisticado que podía apuñalar elegantemente a sus rivales. Pero también, era un hombre popular. Alguien con la saña del bandolero que comprendía instintivamente al pueblo y supo ganárselo sin necesidad de conquistar uno de esos títulos que inmortalizan a quien los alza ni de jugar como lo hacían la mayoría de muchachos de Italia: corriendo detrás del balón y preocupados por cubrir perfectamente al hombre y la zona de campo asignada.
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