Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Luis Aragones era un marinero experimentado. Había vivido todo tipo de tormentas y borrascas en el fútbol y era capaz, por tanto, de ser fiel a sus ideas y principios en las condiciones más adversas. Algo que demostró sobradamente cuando innumerables mofas y críticas soeces eran lanzadas contra él tras la decepción del Mundial 2006 y su posterior decisión de no llevar más a Raúl a la selección. Aragonés fue crucificado. Acusado de todo. Muchos de sus despistes fueron portada del telediario. Se lo calumnió a muchos niveles y se lo quiso retirar como si fuera un símbolo de otra época. Un mueble usado incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos. Pero él resistió las críticas con estoicismo. Como quien oye llover. Contrariado, pegó unos cuantos gritos y estufidos, y algún corte de mangas a la jauría, pero no cambió su idea del fútbol. No modificó un ápice sus creencias e inauguró la era triunfal de la selección española.
Luis Aragones tenía maneras de genio. A veces, parecía despistado. Encerrado en un lugar solitario junto a sus demonios pero, de repente, aparecía, decía una frase inmortal y provocaba un terremoto. De hecho, tenía la capacidad de pronunciar la palabra justa para reactivar al público y al equipo. Algunas de sus arengas hubieran levantado a muertos de la tumba. Hubieran hecho llorar de orgullo a miles de soldados españoles históricos y a los fundadores del Atlético de Madrid.
Luis ganó varios títulos como jugador y entrenador pero, a pesar de haber conquistado un triunfo eterno con la selección, era una persona tan salvajemente auténtica que creo que será más recordado por su personalidad que por sus éxitos. De hecho, fue alguien del que podrían haberse enamorado muchos artistas de haberlo conocido. Puedo imaginarlo perfectamente tomando una paella y hablando de toros en un bar castizo junto a Orson Welles. Como también puedo visualizar a Luis Buñuel confesando en un documental de los buenos momentos que pasó junto a él. En verdad, considero tan honda y profunda su alma, su manera de sentir y ser España, que cada vez que paseo por el Museo del Prado, no puedo evitar sentir tristeza al pensar en el lienzo que Goya le hubiera dedicado de haber sido su contemporáneo. Porque Aragonés fue tinieblas y razón. Instinto y locura. Alguien que, a través del fútbol, logró olvidar los abismos y grietas de su alma. Y, a pesar de haber encontrado un remedio a su angustia, mostró con absoluta sinceridad, un cúmulo enorme de contradicciones y miserias que, en vez de empequeñecerlo, terminaron por convertirlo en un gigante. Shalam
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