Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
Puede que por ello cuando abrí los libros de William Burroughs o contemplé Mulholland Drive o Inland Empire así como cuando comencé a familiarizarme con con los lienzos de Jackson Pollock o Willem de Kooning me sintiera en casa desde el primer instante. Durante años había utilizado el arte como un escudo y arma para soportar la realidad y, por tanto, cuando me puse en serio a escribir, comencé a destrozar las historias en cientos de trozos como se puede comprobar perfectamente en Martillo. Lo que no es en absoluto un obstáculo para que ame argumentos clásicos como la de Morley o películas del cariz de Rebeca del gran Alfred Hitchcock o El fantasma y la señora Muir de Joseph L.Mankiewicz. Al contrario. No obstante, tal vez por estos rasgos biográficos me resulta casi imposible y muy dificultoso contar una historia de forma lineal. Si me lo propongo, lo conseguiría obviamente. En muchos de los textos que escribí durante mi treintena lo hice pero he de confesar que no me sentía muy satisfecho con ellos por más que me ayudaban en mis progresos como escritor. En cualquier caso, tengo claro que narrar debe ser un proceso natural y no creo que pudiera hacerlo a la manera tradicional. Probablemente, estos hechos también expliquen lo cómodo que me siento utilizando internet. Una herramienta que no ha robado horas a mi lecturas o mi tiempo de escritura sino que se ha complementado amplia y armónicamente con ellas al hacer estallar la percepción que poseo de la existencia en miles de fragmentos caleidoscópicos que enriquecen la mirada que poseo sobre el mundo.
Tengo la impresión, a su vez, de que tengo una necesidad casi visceral de explicarme una y otra vez -aun y a pesar de que me aseguren haber sido comprendido- porque odio el mundo real. De hecho, la realidad sólo me interesa a través del arte o porque muchas veces, es más artística que el propio arte. Exactamente, en mi mundo «lo real» es una mera estafa y «lo imaginario» un dulce sueño en donde mecerse. En fin, creo que lo que más me importa de las personas no es lo que dicen sino las sensaciones que me transmiten. Intento visualizar a muchas de ellas como canciones. Cada una tiene un fondo musical o un color. Y mi misión es averiguarlo. Si logro saberlo, esa persona pasa a formar parte de mi mundo naturalmente. Si no es así, es expulsada del mismo. Los nombres tendrán un significado simbólico pero no me interesan. Es la sensación, ese color, determinada melodía lo que me interesa. Algo que supongo que también explica los motivos por los que tanto en Martillo como en La risa oscura vuelven a aparecer continuamente personajes que se desdoblan hacia otros lugares. Porque, lo repito, intento no mirar a las personas racionalmente sino sensorialmente. Como fragmentos del mundo real que aparecen en determinados momentos y luego desaparecen sin más explicación. Ese es el caso de la lluvia. A veces llueve y otras no. Pero sin ella no podríamos entender esta existencia. No habría vida. O tal vez sí. Pero sería muy diferente. Como ocurre en un texto cuando hacemos desaparecer o aparecer un personaje. Por ello es que son tan importantes las novelas: porque modifican aspectos de la conciencia que poseemos del mundo real o lo amplifican.
Me fascina la manera en que narra Morley. Con suavidad y tranquilidad. Dejando a la historia hacerse a su ritmo y a los lectores fluir con ella sin atosigarlos. Como si fuera un músico callejero confiado en sus posibilidades y en que las monedas de los viandantes irán cayendo al cesto que tiene entre sus pies. El escritor norteamericano es claro sin dejar de ser sutil. Expone con sinceridad el argumento guardándose al mismo tiempo ciertos datos que utilizará en el momento adecuado para disfrute del lector al que siempre tiene en cuenta y mima como un anciano podría hacerlo con los gatos que lo acompañan en sus últimos días.
0 comentarios