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Un Camino. Día 37 (2)

May 6, 2026 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago, realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé de la segunda parte del día 37. ¡Ahí voy!

Un Camino. Día 37 (2)

Jueves, 21 de agosto

Durante la primera hora contemplo extasiado las ruinas de San Antón: el aire cálido se introduce entre los arcos caídos y, mientras tanto, el silencio, apenas roto por el trinar de los pájaros, las risas y murmullos de los peregrinos, parece mecer las piedras antiguas.

Entre los escasos aventureros que nos quedaremos hoy en el convento —el albergue solo dispone de una habitación para doce personas— se encuentran Andrea (la psicóloga) y Jesús (el contador). Volver a verlos me alegra, aunque en principio apenas cruzamos unas palabras. Lógico. En este momento, toda mi atención la centra la historia del Monasterio de San Antón. En algunas de sus columnas aún se puede contemplar la cruz Tau, con forma de letra “T”, emblema de la orden antoniana y también de la espiritualidad franciscana que invoca redención y humildad. No es casualidad: se dice que el propio San Francisco de Asís realizó el Camino hacia 1214, pasando por aquí, guiado por su espíritu de pobreza y entrega.

Este lugar se encuentra estrechamente ligado al Camino de Santiago. Por orden de Alfonso VII se construyó aquí un hospital, pensado para peregrinos y, sobre todo, para quienes sufrían el temido “Fuego de San Antón”: una epidemia medieval similar a la lepra, causada por el consumo de pan de centeno contaminado con un hongo (Claviceps purpurea). Esta intoxicación, conocida como ergotismo, provocaba gangrena seca, convulsiones, alucinaciones y una sensación de ardor insoportable, imágenes que remiten inevitablemente a los cuadros de El Bosco.

Durante siglos, San Antón fue refugio y esperanza para quienes sufrían lo peor del Camino. Aunque su fundación se remonta al siglo XII, las ruinas actuales corresponden al esplendor del siglo XIV, cuando el complejo fue gestionado por los Antonianos, célebres por su generosa hospitalidad. Acogían a peregrinos exhaustos y a enfermos, y repartían el llamado “pan bendito”, un alimento especial utilizado para proteger de enfermedades. También eran célebres sus ceremonias: bendecían objetos como la mentada cruz Tau —símbolo antiguo contra las pestes, la protección y la conversión espiritual— y el vino santo, usado como remedio para quienes sufrían el «fuego sagrado».

Muchos fieles acudían en busca de protección y curación, y bajo el gran arco gótico —aún hoy, puerta abierta a la meseta— los caminantes encontraban abrigo y consuelo. Por eso, cruzar ese arco casi derruido sigue siendo un pequeño rito de paso y un homenaje a la memoria del Camino, como acabo de experimentar.

Lamentablemente, con el paso del tiempo y la pérdida de relevancia del Camino —acelerada por el descubrimiento de América, el devenir del protestantismo y otros grandes cambios históricos—, el convento fue quedando en el olvido. Tras la supresión de los Antonianos en España por petición expresa del Papa Pío VI, a instancias del rey Carlos III, y el abandono del convento en 1791, se acabaron hundiendo todas las bóvedas de crucería. El edificio cayó en la ruina, un proceso culminado por la desamortización de Mendizábal y su adquisición por propietarios particulares que, debido a la magnitud del recinto, no pudieron darle los cuidados adecuados para su restauración ni tampoco asegurar unas condiciones mínimas de conservación. De hecho, el deterioro fue tal que casi puede considerarse un milagro que aún sobrevivan varias de sus columnas: un verdadero favor divino para los actuales peregrinos que hoy las contemplan en pie.

La persona a la que hoy debemos agradecer que los peregrinos puedan disfrutar del Monasterio de San Antón es Ovidio Campo. Lo veo ahora, al fondo, conversando con el hospitalero Antonino y un par de personas más. Su historia, como no podía ser de otra manera, es peculiar y profundamente ligada al espíritu del Camino.

Se suele criticar a quienes hoy recorren la ruta jacobea de modos “cómodos”: en bicicleta eléctrica, en viajes organizados o comenzando desde Sarria. Lo comprendo perfectamente, pero también sé que muchas auténticas vocaciones de peregrino han nacido después de una primera toma de contacto más superficial. Ese fue el caso de Ovidio Campo.

Corría agosto de 1989 cuando el Papa Juan Pablo II realizó su tercera visita a España. Durante la misma presidió la Jornada Mundial de la Juventud en Santiago y reunió a cientos de miles de jóvenes en el Monte del Gozo bajo el lema: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Ese año, Ovidio, empujado por el entusiasmo espiritual de la época, realizó el trayecto de Logroño a Santiago con coche de apoyo y la guía roja de Elías Valiña en la mano. Para él, al principio, el Camino fue prácticamente una ruta turística. Lo movía la curiosidad. Se interesó por su historia, sí, pero realizó la mayor parte de las etapas en coche. Así que su esfuerzo se encontraba lejos del sacrificio tradicional. No obstante, algo le tocó profundamente al pasar por San Antón. En el 89, el recinto se encontraba vallado y lógicamente, pertenecía a un particular. No era posible visitarlo pero Ovidio sintió una energía al vislumbrar levemente esas ruinas que le impactó para siempre.

Cuatro años después, en 1993, decidió hacer el Camino desde la puerta de su casa en Burgos. Salió hacia Santiago con una mochila de ni más ni menos que 18 kilos, en la que lógicamente sobraba todo y cuyo peso tomó como penitencia, y sin apenas documentación fiable. Solo una instrucción de otro peregrino: “Sigue las flechas amarillas y llegarás”. Fue en ese momento que comenzó su aventura real.

Ovidio se convirtió en un veterano del Camino. Un peregrino auténtico y un habitual hospitalero. Pasaron años, de todas formas, hasta que pudo, finalmente, acceder a las ruinas de San Antón. Corría 2001 y el recinto seguía cerrado. Peor aún, se encontraba en unas condiciones lamentables, lleno de chatarra, basura y desperdicios. San Antón era un estercolero posmoderno. Una bruma olvidada. Pero Ovidio había sentido el magnetismo del lugar, había imaginado su reconstrucción, soñado con convertirlo en un cónclave simbólico y, gracias a la mediación del escritor Pablo Arribas Briones, consiguió contactar con el propietario, Eliecer Díez Temiño, y dar forma a un sueño: devolver San Antón a los peregrinos y al Camino. El proyecto se puso en marcha tras firmar un contrato en virtud del cual arrendaba las tierras por treinta y cinco años.

En San Antón, cada día, a las 12 de la mañana, suena una campana que confirma que los que allí se encuentran siguen vivos. Es una costumbre reciente, nacida durante la pandemia y mantenida desde entonces como sencillo ritual de resistencia y presencia. Yo, más bien creo, que esas campanas apuntan más alto. Le están sugiriendo en voz baja al nihilista mundo que hemos construido que ni con todo el consumo, placer y confort que podamos imaginar, la fe, el espíritu cristiano, el espíritu total del ser humano será vencido. Asfixiado, denigrado, sí, puede. Acorralado también. Pero jamás hundido.

Ovidio, por supuesto, insiste en vivir a la vieja usanza: se niega a poner fibra óptica —prefiere la conversación a la hiperconectividad— y no quiere que haya electricidad. La habitación de los peregrinos se suele iluminar ahora en ciertos momentos con la linterna de los móviles pero hasta no hace demasiado tiempo lo hacía con linternas a pilas y, en ocasiones, velas. Su vida y la de su familia están tejidas por los invisibles hilos del Camino: su primer hijo se llama -¿podía ser de otro modo?- Santiago y a su mujer, hospitalera también, la conoció en plena ruta. Concretamente en una que realizaron juntos hacia Santiago y, después, hasta Roma y Asís en el 2001. Tres años después se casaron en el monasterio de San Juan de Ortega con el beneplácito del célebre sacerdote del lugar, José María Alonso Marroquín. El cura de las sopas de ajo, al que ya me referí en otro avería.

La historia de hospitalidad la llevaba también en la sangre su hermano Julián, quien, durante la romería de San Juan de Ortega, vivió una transformación profunda. Julián era un empresario, un juerguista, un futbolero y taurino amante de la vida mundana pero, tras su conversión, se volvió en un acólito del Camino de Santiago e incluso se marchó a Calcuta para experimentar su espiritualidad con mayor profundidad. Trágicamente, falleció junto a otro hospitalero italiano, Santino, y cuatro peregrinos más en un accidente de tren apenas un día después de haber vuelto a completar la ruta jacobea atravesando el Camino inglés.

Su deceso fue, sí, un triste 21 de agosto de 2006. Justamente, hoy se cumplen diecinueve años de aquel fallecimiento y a Ovidio se le percibe fuertemente consternado. La comida hoy es en honor de Julián. Alguien cuya presencia marcó unas cuantas vidas. No me extraña. En internet encuentro dos fotografías en las que se puede ver su cambio físico antes y después del Camino. Simplemente extraordinario. ¿Alguien puede negar que esta Ruta cambia, transforma almas?

Mientras saca algunos de los alimentos que tomaremos en la cena, Antonino me habla de otro de los míticos hospitaleros de este lugar, Marcel Antón. Alguien cuya historia me impacta. En el Camino todo se mezcla: azar y destino. Marcel conoció el Camino, como muchos otros peregrinos, por el libro de Coelho. ¡Menuda revelación! Marcel emprendió la ruta ni más ni menos que desde Salou sin una sola moneda en el bolsillo y aun así pudo completarla. Es más, al pasar por Sitges sufrió el robo de su mochila y desde entonces caminó aún más ligero. Tuvo forzosamente que ayunar en múltiples días, se alimentó de las sobras que encontraba en la basura o en las papeleras, en las mesas de restaurantes, y de la caridad ajena. Su mayor aliado fue su fe (no religiosa) y la providencia.

San Antón fue también para él punto neurálgico del Camino. Cuando conoció a Ovidio hicieron muy buenas migas y se recibió como hospitalero entre estas ruinas en el 2008. Aquí justamente conoció y se casó (ceremonia llevada a cabo por el Concejal de Castrojeriz) con la compañera de su vida, una peregrina a la que acogió y que, poco después, se hizo hospitalera y se convirtió en la madre de sus hijos.

Las vidas hospitaleras se cruzan una y otra vez: Marcel atendió a un joven peregrino en el 2012. Una década después, en el 2023, Marcel y su esposa regresaron allí y comprobaron con sorpresa y emoción que el hospitalero que amablemente los recibía era, sí, Tonino. Mi actual embajador. No puedo evitar emocionarme al escuchar esto. El camino vuelve a enlazar vidas, pasado y presente bajo los arcos derruidos de San Antón.

Antes de preparar la cena, los peregrinos nos reunimos en torno a una mesa y nos relajamos un poco jugando al mus. El Camino es también confluencia de nacionalidades. Me rodean tres extrovertidos italianos, una danesa, una inglesa, una noruega, un finlandés, Andrea y Jesús. Obviamente, hablamos en inglés. Nos reímos y bromeamos pero sabemos que algo trascendente, un hilo invisible nos une. Un hecho que se pone de manifiesto durante la cena. Conforme la noche comienza a caer, se van abriendo los corazones cerrados, aparecen sigilosos los misterios personales.

De la nada, de repente, llega una peregrina madrileña muy discreta que ocupa el último lugar en la habitación de huéspedes. Más tarde, lo hace otro peregrino con aires hipiosos y porte de señor que nos llama la atención a todos desde el primer momento. Posee una barba blanca que casi le llega al pecho. Habla con fuerza, insistentemente.  Nos deja el dibujo pequeño de una paloma de la paz picassiana en nuestros lechos y nos pide contribución por ello. Yo le doy un euro mientras lo escucho asombrado.

Hay quienes no pueden evitar bromear al verlo. Lo apodan Santiago o Papá Noel. Yo más bien lo compararía con David el gnomo. Algo que no hago para reírme de él sino por sus inmensas peculiaridades. Asegura que ha realizado el Camino francés completo en más de 30 ocasiones, que The Beatles se inspiraron en su vida para componer varias canciones, que Serge Gainsbourg era su colega, que tal o cual cineasta (creo que Roman Polanski) le debe una idea muy valiosa en un filme célebre, que tal o cual músico compuso un hit merced a sus sugerencias. Habla sin cesar, con una voz gutural que inspira una mezcla de asombro y respeto. También cierta comicidad. El hombre parece salido de un puchero surrealista. Pero obviamente, llegados a un límite, intentamos seguir con nuestras vidas sin prestarle más atención de la justa. Aunque resulta difícil no fijarse en él de tanto en tanto.

En fin, Antonino integra a este viejo conocido suyo (como puede) en la mesa y nos invita a todos a confesar el motivo por el que estamos haciendo el Camino. La mayoría confiesan encontrarse desencantados del mundo moderno. No encuentran sentidos a sus vidas. Algunos se ganan bien la vida pero no hallan significado profundo en ella. Un italiano nos dice que dejó su trabajo porque se despertaba todas las mañanas preocupado, abatido.

Logro también conocer mejor los motivos que condujeron a Andrea y Jesús a caminar. Jesús vivía inmerso en una crisis personal. Aparentemente era un triunfador pero por dentro estaba roto. Acudía al psicólogo para intentar reconstruirse. Estaba esclavizado por sus pasiones y su ego hasta que, dos años atrás, inició la ruta jacobea en Saint-Jean-Pied-de-Port y su vida cambió para siempre. A la vuelta encontró a Andrea, de quien se enamoró y la animó a venir con él para conocer esta experiencia reveladora, compartir la ruta que transformó su alma y lo convirtió en parte en un hombre más amplio, humilde.

La peregrina recién llegada me resulta simpática. Comenta que lleva haciendo la ruta religiosamente, verano tras verano, durante los últimos veinticinco años. La utiliza como una forma de regenerarse espiritualmente para el resto del año. Trabaja como enfermera y caminar por las distintas vías del Camino siempre le ayuda a tomar aire y perspectiva.

En fin. Al caer completamente la noche, algunos peregrinos intentamos observar las estrellas desde un inmenso telescopio situado en medio de las ruinas. Una plataforma conocida como el planetario antoniano. Antonino se ha marchado hace un rato a su habitación y la verdad es que no nos aclaramos con el mecanismo. Somos torpes e inexpertos y eso da lugar a situaciones un tanto cómicas. Nadie da con la tecla y, en un momento dado, resuenan las carcajadas. Alguien mira del revés el telescopio y dice ver una estrella. En fin. ¡Berlanguesco!

A mí realmente me da igual usar el telescopio. Me basta con mirar las estrellas lejanas desde este lugar. Si hiciera un poco menos de frío y mi saco abrigara más dormiría a la intemperie. Pero prefiero hacerlo en la habitación debido a la temperatura.

Antes, claro, me paseo por las ruinas de nuevo. Intento absorber la energía del lugar y pienso otra vez en Tarkovski y Nostalgia. Concretamente, en las escenas rodadas en la Abadía de San Galgano (Toscana). También en las filmadas en Bagno Vinoni. Y pienso, sobre todo, en la eterna historia del Camino. Imagino un concierto de música clásica aquí. Una obra de Johann Sebastian Bach. Cualquiera de sus Pasiones. Me acuerdo también de David, mi querido compañero, y de Pasquale, el ciego boloñés, y de Karim, el árabe nacido en Suiza. ¿Dónde estarán? ¿Dónde quedará mi destino? Aquí, obviamente, de tanto en tanto, escucho hablar a los vivos. Pero, sobre todo, a los muertos. A los peregrinos que sufrieron, amaron, dejaron su huella aquí hace años, décadas, siglos. Recuerdo a Susana. Mi compañera fallecida años atrás. ¿Descansará en paz? ¿Me estará viendo? ¿Sentirá mi energía? ¿Dónde está? ¿Dónde vamos al morir? ¿Es el Camino una vía para hablar con los muertos?

Obviamente, cuando me echo en la litera lo hago tranquilo y en paz. Dichoso. Emocionado. El Camino no es una aventura, es un proceso de transformación espiritual radical, total. Hoy no pienso en el mañana ni en el ayer. Pienso lógicamente en la eternidad. El mundo moderno queda lejos. Las cruces no hablan hoy de penitencia y de rigor sino de continua resurrección. Shalam

أنا لا أحتاج إلا لأشياء قليلة، والأشياء القليلة التي أحتاجها، لا أحتاج إلا للقليل

Necesito pocas cosas y las pocas que necesito, las necesito poco

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…la vida nostalghica de «nostalghia»1983….
    el charco de agua metafora de la casa y el descanso (dentro del edificio de la naturaleza)……
    2imagen…recuerdo mucho la pareidolia en «la cancion de nof4″ raul quinto…..
    3imagen….el sastrecillo valiente (aqui estan descansando los tres gigantes), el sastrecillo con aguja e hilo les cose una funda que los inmoviliza…
    4imagen….a cada pobre se le adjudica a un rico, su casa y su mesa…jajajj (placido..1961..l.g.berlanga)…
    5imagen…el esqueleto al que se referia (quiza sin saberlo) eduardo chillida despues los quemo en los altos hornos(era su entorno)
    6imagen…hormigas(trabajo)….rebaño(se sienten bien)….y descartes(para los demas)…..
    7imagen…»las metamorfosis» de ovidio….
    8imagen…descartes con armadura del s. XIV,,,,,jajajjj…(se le puede sacar punta)….
    9imagen…antes y despues de tomar chocolate nogueroles..sonrisa
    10imagen…virgueria de construccion (andrei rubliev, el pintor de iconos, 1966) ………
    11imagen….simbolo de la paz con la naturaleza (continuara)…
    12imagen….si calabuch 1956…muy variada en nacionalidades como el camino),,,,,,
    13imagen….llegar al sitio con la vela (fuego) en la mano…(naturaleza discontinua)…….
    PD….disco dedicado a jose luis san javier..jajajjj..zztop y las islas barbados……
    https://www.youtube.com/watch?v=TG2JtdUEMJU&list=RDTG2JtdUEMJU&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) La imagen condensa todo el caos, corazón, espíritu, desconcierto, amor. 2) Es verdad. Pura canción de Nof. Cierto. Muro de piedra pero Spector lo aprovecharía para sacar sonido. Muro. Muro. 3) El mal de San Vito. Pastores caídos tras haber huido de los lobos. El mal campa a sus anchas. 4) Los inválidos. Exacto. Podría ser el título e imagen de un filme de Buñuel. De aquí también saldría una escena de un sueño de Bergman. 5) Podría ser una maqueta en un estudio arquitectónico. Puzzle. 6) ¿Quién ha logrado la Champions, y el triplete? 7) Yo soy el principio y el fin. Soy el legado. En mi alma se esconden cientos más. Cuando hablo hablan ellos. ¡Alejandro cursivarita! 8) Un Cristo negro. Cubista y africano y muy gótico. Enigmático y fresco al mismo tiempo. 9) Pablo Escobar. Capo Colombia. Místico jacobino. Anacoreta India. 10) Los maestros antiguos. El misterio de las catedrales. De los monasterios. Fulcanelli. 11) Picasso lo solucionaba todo con un dibujo. Holocausto..un dibujo y a dormir en paz…..money. 12) La, la, la… ¿Qué veo? ¿Qué ves? Pos yo no veo na. 13) Eso es la fe. Morir por amor. Sin brillo. Por todos los seres humanos. La Biblia sin guerra. PD: ahora me va a llamar. Le voy a decir de poner pelos de su barba en la invitación. Y parte de las gafas en el techo. Unas gafas enormes observándonos. Grandes ZZ Top.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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