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Grandes éxitos

Abr 25, 2026 | 0 Comentarios

Hace unos días contemplaba en una exposición una fotografía de Alaska y los Pegamoides (que no he podido encontrar en internet). Superficialmente, podían pasar por una banda de jóvenes punk como tantos otros de aquella época. Lo que los diferenciaba era su procedencia española, algo que los hacía distintos y, a la vez, icónicos en un ámbito dominado casi totalitariamente por los anglosajones.

Sí, el origen hispano convertía a los Pegamoides en una “rara avis” en medio del supermercado del pop, la era disco y el rock. Pero lo que verdaderamente los distinguía era su personalidad. El magnetismo de la banda era tremendo, casi tanto como su visión desprejuiciada y heterogénea de la música pop. Por eso, a pesar de sus deficiencias como músicos, preludiaron, a su manera, la futura llegada de grupos —o, más bien, productos posmodernos, futuristas y glam— como Sigue Sigue Sputnik.

En realidad, Alaska y los Pegamoides condensaban lo mejor de su época de un modo muy primitivo e instintivo. Eran capaces de convertir en himnos el exabrupto cafre y troglodita de los skinheads y los fans de Sex Pistols, de replicar las marcianadas de Bowie de un modo franco y directo, de utilizar los comerciales de televisión y las ideas de Warhol como avanzadillas de sus canciones, y también de retratar el corrosivo desparpajo de la Madrid del primer Almodóvar de un modo casi frugal y amateur.

Como dije al principio, una foto del grupo no mostraba muchas diferencias con los de otras bandas de su estilo y época. Lo que, en principio, descolocaba era que aquellos muchachos agresivos, cortantes, lúcidos y divertidos hubieran surgido de los estertores del franquismo. España todavía no estaba preparada estéticamente (ni musicalmente) para según qué cosas. Y, en ese sentido, Alaska y Pegamoides no eran simplemente transgresores, sino algo más radical. Pero, en esencia, volviendo a mirar las fotos de la época, nada parecía demasiado anormal y diferente en aquellos muchachos. Una percepción que, viendo la posterior trayectoria de cada uno de sus miembros, no podía ser más errónea. Pues todos ellos, a su manera, rebosaban carisma y personalidad.

Carlos Berlanga era un genio del pop, capaz de convertir la frivolidad y lo fronterizo en canciones radiables, peligrosas y, a menudo, con aires de fotonovela o cómic, haciendo del riesgo una moda. Ana Curra era una francotiradora: una muchacha llena de personalidad y magnetismo, con una voz interna muy profunda. Carlos Benavente era un kamikaze: alguien dispuesto a ir al límite en su vida personal y profesional, capaz de transformar el pop en teatro sadomasoquista. De Olvido Gara (Alaska) está todo dicho. Su naturalidad era desbordante: era la más teatral, pero la menos teatrera. Su mérito, de hecho, no estaba únicamente en ser capaz de combinar su gusto por Los Munsters, Elvira o Siouxsie en su look (que es lo que le parecía a unos cuantos despistados al principio), sino en su capacidad de vislumbrar la música pop como arte flexible y warholiano. Así que sus opiniones sobre nuevos grupos y tendencias siempre resultaban más interesantes que las de la media.

Un poco distinto me parece lo que ocurría con Nacho Canut. En cualquier foto de aquella época, Nacho pasa por ser el más gris y tímido de la banda. Alguien un tanto esquivo, pero su trayectoria posterior ha demostrado que probablemente era el más lúcido y el que tenía las cosas más claras: al que menos le importaba el estrellato, pero el que, con más consistencia, deseaba ser músico, tal y como demostró después en Dinarama y, sobre todo, Fangoria. Un grupo maduro y consolidado, con décadas de recorrido, que ha llevado a su terreno el drama afectivo, los celos y los melodramas típicos de la canción española o el folklore de Rocío Jurado y los clásicos de cabaret.

Ya habrá tiempo, en cualquier caso, de hablar de Fangoria. Hoy he estado escuchando Grandes éxitos, el disco de Pegamoides, y es su turno. Un álbum que olía a post punk por todos sus poros pero también a cierta experimentación iconoclasta a lo Throbbing Gristle (lo digo, sobre todo, por su título).

Grandes éxitos era noche. Un paseo nocturno por el deseo, por lugares marginales de la sociedad española de la época. Era casi como entrar al cuarto oscuro de una casa por la que iban pasando una serie de personajes demenciales, dominados por sus pasiones. Grandes éxitos olía a serie B. No sólo a The Cure y a Bauhaus, también a películas de Roger Corman, John Waters y de dinosaurios. Lo de menos era cómo tocaban los músicos y su voz. Lo importante era la frescura de unas composiciones que, cuanto más sencillas y más instantáneas, más perdurables eran.

Grandes éxitos era, de hecho, el típico disco sin pretensiones que parecía nacido para autodestruirse. No era ningún tratado de sociología que quisiera retratar una época y, sin embargo, ha quedado como testimonio de una década, de un momento preciso de la música española donde todo era posible. Todo lo que vino después en nuestro país dentro del territorio del punk pop tuvo que mirarse en esta serie de composiciones que gozaban de un desparpajo eterno. Hablaban con tanta frescura de amas de casa, peluqueras, zombis o misteriosos asesinos.

La virtud de Grandes éxitos radica posiblemente en que es un disco que más que estar influenciado, copia todas las influencias anglosajonas de la época, pero posee una originalidad que lo hace imposible de imitar. Quizá esa ironía, ese humor y desenfado, sólo pueden encontrarse en España, pues son propios de los filmes de Berlanga. Uno puede, aunque fracase, intentar copiar a The Cure o a Siouxsie, pero no a Alaska y los Pegamoides sin hacer el ridículo. Porque, por un lado, eran sencillos, jugaban (aunque no lo fueran) la carta de malos músicos y, por otro, estaban llenos de ideas y las transmitían muy bien, con fuerza y sin complejos. Las canciones eran, por un lado, puñetazos borrosos llenos de energía pero también, a veces, había misterio en ellas. Un halo que rodea a los discos especiales. Esas obras que poseen un aura tan penetrante que se acaban imponiendo a todo: al paso del tiempo, las críticas feroces y el descrédito de sus colegas.

En fin. Grandes éxitos huele a peligro. Sus canciones podían aparecer en cualquier escena de Arrebato, el filme de Zulueta. El grupo hablaba con simpleza, casi de modo infantil, sobre sexo y drogas de un modo que hacía pensar en las películas de dibujos animados sin dejar de lado la lujuria y los excesos rituales.

Casi me atrevería a decir que la importancia de Grandes éxitos es tal que su perfume —exhalado en cada surco del disco— inventó, en parte, el universo pop de La Bola de Cristal y la Bruja Avería. Lo que es seguro es que quien lo escuchaba y vivía en aquel disco no salía indemne. Sus concepciones sobre el pop, el punk, el rock y la vida en general saltaban por los aires. Y eso lo ha convertido en un disco trascendente. No tanto por su intención de perdurar como por la de autodestruirse en la nada. Estallar como un misil desnortado en medio del vacío sideral, muy cerca de la nave de Mr. Spock o la Battlestar Galactica. Shalam

الأرض مسطحة، والتاريخ مزور

La tierra es cuadrada, la historia está trucada

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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