Estos últimos días he realizado varios averías sobre diversos temas. Dos de ellos (Salto al vacío y Looking for Richard) creo que pueden ampliarse un poco. No mucho más. Tal vez añadir unos cuantos párrafos y terminar de coserlos.
Por lo que sea, creo que lo mejor es dejar estas ampliaciones a continuación y no en los averías originales. Así que ahí van.
Costuras

Para entender mejor las diferencias entre las adaptaciones de Shakespeare llevadas a cabo por Olivier y las de Pacino y Welles, es importante matizar unas cuantas cuestiones. Los villanos de Olivier son una mezcla entre bufones y peligrosos diablos. Matan y empozoñan lo que hay a su alrededor pero, por decirlo así, lo hacen con tal sutileza que en vez de blandir una espada parecieran asesinar a sus enemigos con un simple pellizco. Son, en definitiva, villanos ingleses.
El Ricardo III de Olivier rebosa esteticismo y frialdad. También muestra en todo momento su alta educación. Es más malvado cuanto más hipócrita es. Se diría que disfruta casi más con la idea de matar que matando. Es un sádico que esconde con pericia sus afecciones. Tiene incluso algo de psicópata. Sonríe, nos seduce y logra casi conquistarnos y que emitamos un gesto de alegría cuando golpea a sus enemigos y provoca los más cruentos crímenes. Eso es algo que, desde luego, no ocurre con los villanos de Welles y Pacino.

Los villanos de Olivier son mariposas bellas. Nos quedamos mirándolas embobados, creyendo que son inofensivas, y de repente nos arrojan veneno a la cara con una de sus patitas. A diferencia de ellos, los villanos de Welles y Pacino no se esconden tras la belleza ni la ironía. No hay mariposas ni venenos discretos: sus crímenes son frontales, el caos y la violencia no se disimulan.
Los malvados poderosos de Welles y Pacino son tigres, leones que muestran desde el principio con claridad el mundo interior tormentoso que los agita. No desean seducirnos sino que los temamos o admiremos: incluso antes de que hablen, sabemos que son peligrosos, que son capaces de desafiar a Dios si su apuesta les permite convertirse en reyes. Son en definitiva feroces tiranos que hacen de la muerte un ritual sangriento, casi una fiesta, y de sus perturbaciones mentales, sagrados mandamientos.
Mientras Olivier construye su personaje con medias sonrisas, Welles y Pacino lo hacen a través de la tormenta. Sus personajes avanzan en medio de la tempestad, no tienen tiempo de pedir disculpas ni de seducir. Son airados neuróticos que inundan de oscuridad y truenos cada lugar en el que se encuentran.
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Hace unos días por cierto un amigo me recomendó que contemplase la versión realizada por televisión española en 1967 del Ricardo III de Shakespeare y me ha fascinado. La adaptación fue dirigida por Claudio Guerín con guión del propio Guerín y Antonio Gala. Los actores principales fueron José María Prada, Lola Cardona, Luisa Sala y Paco Morán.
En este caso, destacaría lo que fueron capaces de hacer los miembros del elenco en la televisión con muy pocos medios. En vez de ser un obstáculo, el blanco y negro ayuda a introducirnos en la trama: se convierte en un evanescente manto estético que aporta una visión de funeral mortuorio a la tragedia.
Las batallas finales están muy logradas. Para entendernos, esta visión de Ricardo III parece por momentos un videoclip de Joy Division. Es posible contemplar la puesta en escena sin comprender nada del texto. El blanco y negro es directamente embriagador, casi de opereta wagneriana. Los actores están en su mayoría soberbios. Poco se puede hacer más que aplaudirlos.
Dicho esto, sí me gustaría apuntar ciertas diferencias entre el Ricardo III de Guerín y el de Pacino y Olivier. En este caso, Ricardo III tiene muy poco de poético. Es alguien mucho más humanizado. No es tanto un frívolo psicópata sino un torturado neurótico, lleno de miedos y grietas en su alma, que conspira y mata para cumplir sus sueños de grandeza. Más bien, para contrarrestar su tremendo complejo de inferioridad.

El Shakespeare de Guerín posee dos cualidades muy resaltables: magnetismo y misterio, pero también cercanía. Aquí se ponen de relieve, sobre todo, las dudas de los personajes.
Ricardo III es un hombre malvado pero también débil, obtuso. No es tan inteligente como parece. En la visión de Guerín resulta más fácil empatizar con los personajes: cualquiera de ellos podríamos ser nosotros.
Eso es precisamente lo que intenta Pacino: humanizar a Shakespeare. Pero, en este caso, lo hace resaltando la espectacularidad, confundiéndolo con los muchachos de Nueva York. Guerín no necesita ese truco para acercarnos a Shakespeare. Le basta con plasmar los miedos y las dudas para mostrarnos que el fresco sangriento es, más que resultado de una crueldad congénita, efecto de las flaquezas y debilidades humanas.
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Respecto al avería titulado Salto al vacío poco tengo que añadir en lo que se refiere a Ives Klein. Bastante más, eso sí, en lo que concierne al suicidio. Hace varios días escuché a un psicólogo, Mariano Navarro, disertando sobre este peliagudo tema y su reflexión me resultó tan lúcida como esclarecedora.
Ninguno de mis amigos o conocidos que se han quitado la vida, avisaron antes. Supuestamente esto vendría a refrendar y justificar el tópico que asegura que si alguien se va a suicidar no lo dice ni lo exterioriza. Simplemente lo hace y ya. Un tópico que Mariano desmonta totalmente.

En realidad, ocurre lo contrario. Precisamente porque hay jóvenes, adultos, ancianos que se atrevieron a hablar de lo que rumiaban internamente (el suicidio) pudieron evitarlo. A eso alude Mariano Navarro. No es que quien lo diga no desee seriamente suicidarse. Al fin y al cabo, nadie habla de suicidio por azar. Lo lógico es hacerlo sobre amores, deportes, cine. Ocurre que quien exterioriza su deseo de suicidarse tiene menos posibilidades de hacerlo porque es capaz de manifestar al exterior la tortura interna. Ese acto lo libera. Y lo hace además proclive a recibir ayuda. Por eso nunca hay que tomarse a broma a quien coloca el suicidio en el centro de conversación. Queda claro, a su vez, que quien no expone el deseo de morir lo tiene bastante más difícil para vencerlo.
Por otra parte, me gustaría aludir a dos circunstancias vitales del amigo sobre el que hablé en aquel avería. Dejé claro que la mujer a la que intentaba ayudar era toxicómana, sí, pero también lo era el hijo que lo amenazaba. Ambos lo extorsionaban para conseguir dinero para sus vicios. No sólo ella.
En este sentido, creo que con su suicidio, este señor logró dos objetivos. En primer lugar, vengarse de esta mujer y su hijo que le habían hecho la vida imposible en los últimos meses. Ahora tendrán que vivir con la culpa de esa muerte. Una losa nada sencilla de llevar. Y, en segundo lugar, creo que a través de su suicidio, mi amigo exorcizó en gran medida el crimen que había cometido años antes que le supuso ingresar en prisión. Recuerdo verlo derramar lágrimas cuando rememoraba aquella acción instintiva y visceral por la que quitó la vida de aquel colombiano que lo amenazaba.
En fin. No deseo ahondar más en esta dolorosa cuestión personal. Tan sólo me gustaría volver de nuevo a las sabias palabras de Mariano Navarro.
En gran medida, muchos piensan que los que escribimos advirtiendo del suicidio de la nihilista sociedad contemporánea, somos buitres agoreros y pesimistas. Pero, según el psicólogo citado, más bien seríamos lo contrario. Estaríamos intentando advertir de una serie de males, nombrándolos para intentar ponerles remedio. Seríamos en el fondo más sanadores que destructores. Una afirmación que, por supuesto, soy consciente de que es propicia a todo tipo de matices, críticas y dudas.
Eso es precisamente lo que encuentro en el arte de Thomas Bernhard: salvación. Porque el escritor austriaco no era ningún hipócrita. Hablaba de la sociedad contemporánea con total franqueza. Otra cosa es que el propio Bernhard se regodeara con el estropicio social y los cientos de neuróticos torturados en medio de esta era del vacío. Otra cosa es que Bernhard convirtiera el suicidio moderno en carcajada y la crisis colectiva en comedia, y lograra levantar así su fresco cómico y expresionista sobre la perdición.
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Curiosamente, venía pensando hoy que esta última historia, la de mi amigo, tiene todos los mimbres para aparecer en un Lp de Surfin’ Bichos, Chucho o cualquiera de los de Joaquín Pascual.
No resulta difícil imaginarse a Fernando Alfaro o Pascual estrujando las guitarras al máximo y forzando metáforas cáusticas para narrar la vida de este hombre derrumbado y desorientado que entró en la cárcel casi por un mórbido azar y terminó sus días siendo perseguido y hostigado por una familia de toxicómanos. El detonador cerebral y espiritual. Una bomba atómica para el neurótico. Shalam
أحب المرح، لكن الإفراط في المرح هو أكثر شيء مقزز.
Amo la diversión, pero la diversión en exceso es la cosa más repugnante





1imagen…mirada de soslayo (pico de canaria isabela)….el roseton coronado por la cruz …..
2imagen…soy un tullido muy guapo y orgulloso….
3imagen…lo hago porque lo hago como me pillen me la voy a cargar
(corona asesina muy lucha por el poder)…..
4imagen….te seduzco luisa sala (masco las palabras)….
5imagen…conspiracion por el aire (un metodo es el reconocimiento de los bocadillos)….
6imagen….birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)..2014..
iñaturri….jaja-jaja-jajaja-jaja-jaja-jajaja-……
7imagen…soy un hombre muy diferente, muy continuo, muy intuitivo, muy idea…….muy traigame dos cafes (uno para mi, otro para quien quiera)….
8imagen…la ola no fue sufeada llego al muro playero… .desaparecio por falta de musica….
PD…drive my car…monalisa…cover…deliciosas…stars populares..
https://www.youtube.com/watch?v=qKRle7mgadk&list=RDqKRle7mgadk&start_radio=1
1) Soy un niño consentido. Los reyes cruentos somos niños consentidos. 2) Nadie tiene más poder que yo y nadie es más joven y guapo. Incluso mi joroba es bonita. 3) Soy un puto enfermo del poder. Moriré por mis ansias. ¿Por qué no se dan cuenta que yo tenía destinado ser Dios? 4) No vengo a protegerte. Vengo a dominarte. 5) No me fío de ti. Tú tampoco de mí. Aquí no se fía nadie de nada ni de ninguno. Mi reino por una sombra en la que poder confiar. 6) Los títulos de crédito de Mad Men. El capitalismo es un salto al vacío donde los poderosos nunca se estrellan. 7) La vida cotidiana es una guerra y yo detecto los mínimos compases de la misma. 8) Somos hombres de Cromañón. Ese es el secreto de nuestra música. Volver a la bestia. PD: Muy cuquis. El cuquismo llega al rock y al número uno de los 40. David Lynch hubiera sacado petroleo de madames cuquis en Muhlholland Drive.