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Un león

Ene 14, 2026 | 4 Comentarios

Estoy terminando la biografía de Marlon Brando, Las canciones que mi madre me enseñó, y estoy disfrutando muchísimo de la lectura. También, por supuesto, aprendiendo acerca de la personalidad de uno de los actores más intensos, una fuerza bruta de la naturaleza, que han existido.

Que Brando es un portento lo sabemos (y reconocemos) la mayoría de aficionados al cine. Otro tema es su verdadera personalidad. De dónde venían muchos de sus rasgos de carácter y algunas de las cicatrices personales que dejaba vislumbrar en pantalla.

En este sentido, su biografía es meridianamente clara. Aunque Brando era celoso de sí mismo tenía una visión muy serena de la imagen que proyectaba. La mayoría de personas no lo conocían. Se habían dejado deslumbrar por los focos y la fama y no sabían quién era. El sistema de los estudios tampoco contribuía a un conocimiento integral de su persona y en las entrevistas siempre se corría el riesgo de caer en manos de un periodista malintencionado o inexperto o bien dejar temas relevantes sin tratar con la profundidad adecuada. Así que finalmente decidió abrir las puertas de su alma al periodista y escritor Robert Lindsey con el que no sólo mantuvo varias profundas conversaciones, sino que también puso a su disposición un contundente arsenal de pólvora: pura dinamita. Cientos de cintas magnetofónicas en las que el actor había dejado todo tipo de testimonios y reflexiones de carácter filosófico sobre su vida, sus padres, sus hermanos, su breve paso por la institución militar, su visión de la civilización, la interpretación y las más diversas anécdotas.

Brando era tan grande que le bastaba una sola mirada para hacer temblar la pantalla. Le bastaba con pronunciar una palabra para crear corrosión, sangre, abrir heridas, mover el cielo y hacer girar los tambores metafísicos. Pero eso no significa que supiéramos exactamente lo que se escondía tras el corazón de un hombre rebelde, salvaje pero también tímido y muy observador. Pasaba, de hecho, largas temporadas en los cafés estudiando cómo las personas comunes se comportaban en las situaciones más cotidianas. Consciente de que todos tenemos dentro un actor. Y de que, aunque la publicidad nos haya vendido lo contrario, la interpretación no es un don sino el arte más común. Todos estamos constantemente actuando. Así que la diferencia entre un buen actor y un mal actor tal vez radica en quien interioriza estos saberes y logra encarnarlos con naturalidad, sin artificio.

La biografía de Brando está llena de pasajes memorables. Probablemente en el futuro haga referencias a muchos de ellos. Tras leerla, Brando ya no es un actor. Es un hombre. También un enigma, sí. Pero un enigma humano. Un hombre no tan distinto de cada uno de nosotros.

Brando siempre transmitía libertad. También ruptura de límites. Brando era alguien tan, tan fuerte que se permitía transmitir fragilidad. Aunque fue una estrella siempre caminó a contracorriente. Fue un exiliado en un reino de dólares y glamour. Así que se entiende que durante una corta etapa de su vida, saliendo de la adolescencia, se reuniera con vagabundos. Sintiera una fascinación profunda y marcada por las gentes sin hogar. Con ellos uno aprendía a valorar la salida del sol, a oler el campo, amar el tacto del pan deshaciéndose entre nuestras manos y boca. Había algo en los vagabundos y nómadas que le hacía conectar profundamente con ellos. Esas almas perdidas eran reflejos de su propia marginalidad. Símbolos de libertad, dolor y autenticidad. Algo que permite comprender por qué Brando, por ejemplo, siempre lucía en papeles trágicos o como outsider tal y como es muy visible (por hablar de dos de sus papeles más famosos) tanto en Un tranvía llamado deseo como en Rebelde.

Brando tenía la mirada del ángel caído burlón. Era en el fondo un gitano. Un nómada de la interpretación. Un titán corroído por sus sentimientos y anclado a la tierra por mor de sus pasiones y conflictos no resueltos. Su grandeza radicaba en mostrarse desnudo ante nosotros. Su talento en disimular esa fragilidad detrás del carácter y los diálogos de tantos y tantos personajes que eran realzados por fuerza de su mirada dominante y crepuscular. Su aspecto de león indomable que sabiamente combinaba con gestos tanto sardónicos como apacibles y una reflexividad propia de un anciano.

Hay algo que llamaba mucho la atención de Brando y que Coppola supo utilizar como nadie. Su frente. Su frente no era la de un gigoló. Tampoco la de un exaltado demonio u adolescente. No era la frente de un engreído. Era la frente de un pensador, de un filósofo. Brando sin cabello era casi una esfinge socrática, casi sacerdotal. Era alguien que uno podía imaginarse realizando un ritual en Mesopotamia y el África negra frente a un dios oscuro.

Su interpretación en la vorágine guerrera por excelencia, el filme que convirtió cada cine en una odisea, en esa puta bomba atómica llamada Apocalipsis now, no tiene aún palabras que puedan alcanzar a definirla con exactitud. Aún es la cima de toda interpretación. Porque Brando era el coronel Kurtz. Él era el Occidente colonialista y cruel. Era Saturno devorando a sus hijos. El mismísimo Edipo. Era, cojones, también un hijo de Saturno hablando directamente al Dios antes de desaparecer en su vientre.

En su biografía Brando dedica unas cuantas páginas a hablar sobre sus vivencias en Filipinas durante el rodaje de aquel lanzallamas al que llegó pasado de kilos y en helicóptero. No duda, por ejemplo, en confesar no haberse aprendido el guión ni haber leído la novela de Conrad. Lo que provocó en principio una serie de desencuentros con un Coppola a punto de estallar, con el corazón en llamas, casi al borde un infarto, absolutamente ido, desesperado.

Al final, no obstante, ¿podía ser de otro modo?, hubo una intensa conexión entre ambos. Los dos charlaban durante horas por la noche. Se escuchaban mutuamente al fondo de un cielo estrellado, salvaje. Coppola aprovechó para grabar sus profundos pensamientos (algunos al borde del delirio) y pedirle que durante su interpretación ahondara en un tema u otro o pusiera más énfasis en ciertos gestos. Los dos se dejaban ir, se perdían, se retaban, bebían con complicidad.

Casi todo en las escenas rodadas por Brando fue improvisado. Un torrente de locura artística que dejaba a las furiosas odas dionisíacas de los rockeros de la época en nada. Durante aquellos minutos Brando se merendó a Jim Morrison y a Mick Jagger. Los secó. Los arrolló. Tal vez el único que le hubiera aguantado el pulso hubiera sido aquel Jimi Hendrix que incendiaba la guitarra en medio de las multitudes como si fuera un chamán.

En su biografía, Brando quita lustre a su interpretación. No duda en desmitificarla. Afirma, por ejemplo, que, en contra de lo que la mayoría de críticos pensaron, su actuación no fue profunda porque surgió del caos. ¡Es curioso porque precisamente es esto lo que la hace tan especial! Al fin y al cabo, nadie sabía lo que deseaban contar. Ni Francis, ni él ni nadie. Algo que en el fondo viene a relevarnos, o mejor dicho, a insistir en un detalle.

Como ya dije, Brando solía grabarse a sí mismo charlando. Hay reflexiones en estas cintas que se encuentran muy cercanas tanto en el tono como en el contenido a las del coronel Kurtz. Desde que Brando se enamoró de la Polinesia francesa y levantó una casa en una de sus islas miró con precaución y cierto temor a la civilización occidental. Conectó profundamente con la experiencia paradisíaca y el flácido sentido del tiempo eterno de los aborígenes y tribus. En muchas de sus cintas ya se encontraban meditaciones, cavilaciones parecidas a las que pronunció como un huracán en Apocalipsis.

En el fondo, por tanto, Kurt era él mismo. Tal vez en un principio no lo supiera pero Kurtz y él eran almas gemelas. Y por eso le bastó con dejarse ir y charlar medio borracho, medio perdido con Coppola para convertir su interpretación en un conjuro chamánico absolutamente revelador. Trascendente. ¡Una puta locura metafísica! Ya que llevaba preparándose para ese papel desde que nació. Había estado ensayando una y otra vez mientras se grababa y reflexionaba en voz alta durante años aunque él no lo supiera.

Brando no interpretó a Kurtz. Brando era Kurtz. Ese es el misterio irresoluble de esa interpretación. Ambos son ya inseparables porque siempre estuvieron unidos. Eran dos rostros del mismo mito. Un lienzo que no se destruye ni parte por más que lo rasgamos. Shalam

نحن نتحمل المسؤولية ليس فقط عما نفعله، ولكن أيضاً عما نفشل في فعله

No solo nos responsabilizamos por lo que hacemos, sino también por lo que no hacemos

4 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….pero que me estais contando!!!….dos ombligos….
    2imagen….decadencia…maria schneider un cuarto de siglo menor que brando….
    3imagen….creible…
    4imagen….muy guapo…
    5imagen…que haremos con vosotros los simios….
    6imagen…me lo explicas aunque hare lo que me de la gana queridisimo coppola…..
    7imagen….soy de oro….
    PD…»turn, turn,turn»…(pete seager)…1965..the byrds…de los que jimi hendrix decia que eran especialmente buenos….
    https://www.youtube.com/watch?v=Xkx0SuEGMOc&list=RDXkx0SuEGMOc&start_radio=1

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  2. Alejandro Hermosilla

    1) El oscuro ombligo de Dios. 2) té árabe, llamada al genio Aladino e invitación al amor en la ciudad de la luz. 3) El señor de Norteamérica. 4) En realidad yo soy un cowboy. Mi moto es mi caballo. Podría aparecer por allí Butch Cassidy. 5) Sacerdote egipcio en busca del escarabajo de oro. 6) dime dónde está el búfalo y deja que lo devore crudo. Así acabamos antes. ¿Entendí el sentido? 7) El horror. Mi horror. Nuestro horror. ¿Qué es el horror? PD: la melodía y los arreglos llevados a la perfección. Tal vez los únicos que, de aplicarse, podían haber competido (entre comillas) con The Beatles y The Beach Boys.

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  3. Enrique Nicolas Adan

    Qué buen texto Alejandro…..
    »
    Me leí un libro suyo «Conversations with Brando», en forma de entrevista , desde la isla que tenía, entrevista realizada por Lawrence Grobel, que es bastante interesante también

    Y también «Listen to Me Marlon», DVD, que si no me equivoco son unas cintas grabadas rescatadas, merece bastante la pena para profundizar en su complejidad.

    Me ocurrió algo similar , en cuanto a sensaciones , complejidad ,e independencia del persona, con Orson Welles, cuando leí «My Lunches with Orson: Conversations between Henry Jaglom and Orson Welles». ¡Gente de la que se aprende mucho, gran texto Alejandro!

    Responder
    • Alejandro Hermosilla

      Muchas gracias Enrique. No me extraña que disfrutaras tanto con todos esos libros que citas. Estás hablando de dos de los artistas más grandes del siglo XX y de la historia. Dos fuerzas de la naturaleza. Marlon Brando y Orson Welles. ¡¡¡Muchas gracias y un abrazo!!!

      Responder

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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