Los martillos de Tenochtitlan
En una o dos horas, estaré realizando una pequeña lectura dramatizada sobre Martillo en el Foro Abierto de La casa del Lago de Chapultepec en el...
Con Librerías, Jorge Carrión demuestra que la esquizofrenia de los escritores no es endógena. Que los verdaderos esquizofrénicos son los lectores. Además de, claro, los libreros. Pues son ellos los habituales pobladores de estos espacios en los que los escritores son dioses (la estatua de Zeus junto a la de sus compañeros en el Olimpo hablando incesantemente) y sus feligreses habituales suelen ser respetuosos. Tímidos sumisos que no desean fallar a ninguna de las personalidades que sobresalen en ellas.
De alguna forma, sí, las librerías son espacios muertos, cavernas, fosas que, sin embargo, permiten desplazarse hacia todos los lugares. Son más volátiles que un avión o un automóvil.
Creo que la grandeza de Librerías radica en que, sin dejar de ser un riguroso ensayo, -repito- es, sobre todo, una apasionada, casi viciosa confesión. Muestra que la cultura es una enfermedad. Y que el único que consigue sanarse de ella, es quien la experimenta alocadamente. Pues, al fin y al cabo, todo lector o visitante de librerías es, en apariencia, un ser humano tranquilo que, no obstante, en caso de no poder leer, enloquecería al instante. Se transformaría en alguien ansioso dispuesto a morir o matar para obtener la seguridad que hasta entonces le proporcionaban los libros. Esos renglones que son como senos rellenos del leche para el ser humano civilizado. La prueba de que Edipo no es un héroe natural sino cultural pues, de algún modo, los libros son los ojos de la raza humana. Nuestros padres, hermanos y madres. Y la lectura, al fin y al cabo, un incesto que se comete cotidianamente. Shalam
0 comentarios