Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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A pesar de su aspecto monstruoso, Eddie posee cierto toque, algo en su arisco aspecto, que lo hace simpático. Parece un espíritu vengativo cuya furia está destinada a caer sobre los privilegiados y no sobre los oprimidos. Y por ello, tengo la impresión de que si apareciera ahora mismo en mi habitación, no acabaría con mi vida. Su saña y odio se consagrarían más bien a víctimas proclives a su temperamento vengativo como aquella Margaret Thatcher a la que apuñalaba en una de las más recordadas y celebradas portadas de la banda británica.
Sólo hay que echar un vistazo a los diseños de Derek Riggs, Melvyn Grant, Hugh Syme o Tim Bradstreet para comprobarlo: Eddie es la viva imagen de lo políticamente incorrecto. Es un bárbaro y un alienígena que no respeta ley alguna y no pestañearía si tuviera que matar a un político o a un policía; a cualquier representante del orden. Es un superhombre nitzscheano que no tiene tiempo ni ganas de leer filosofía. Las confusas teorías de los orcos alemanes. Parece salido de una pesadilla de William Blake. Haber emergido del círculo negro trazado en una puerta por Ailester Crowley. Formar parte de los Anunnaki o ser el reflejo de un dios arquetípico. Es, en definitiva, lo «sagrado» prohibido. Aquello que teme la civilización: la muerte. La maquiavélica, maligna y socarrona muerte. Una muerte superior e indomesticable que, inevitablemente, ha de reírse de nuestras preocupaciones. Pues su soledad es y será eterna y, por tanto, se encontrará ajena a las metamorfosis y progresivas transformaciones humanas.
No obstante, Eddie es también un terrorista. Es lo innombrable o todo aquello que la sociedad de consumo tiene temor a nombrar. Y creo que eso es lo que lo hace tan atractivo y logra que, a pesar de su fiereza, muchos lo amemos e incluso existan mujeres que le entregarían su alma: la seguridad que poseemos al verlo de que hará su trabajo con eficacia y no vacilará en destruir este mundo si es que lo merecemos. El desprecio con el que trata a los habladores y el valor que concede a los silencios. Porque Eddie es el ocaso y el incesto. Un cadáver descuartizado y un arma cargada. Un fusil que apuntará siempre al cerebro de la humanidad y acariciará su corazón antes de comérselo. En definitiva, es un mensajero apocalíptico que, como si fuera un buitre, recorre diariamente nuestros hogares dando alaridos. Gritando en nuestros oídos que cualquier día puede ser el último. Shalam
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