El ruido silencioso
Comentaba ayer con un amigo ciertos temores que tenía referentes a una posible publicación de Ruido en el futuro. En concreto, que el público en...
Suspiria es una ópera. Una sinalefa cinematográfica tan sinuosa como la mítica banda sonora de Goblin. Una alucinación visual en la que importan más las sensaciones, la conexión visceral con las imágenes que los delgados y brumosos hilos de su trama. Una fantasía onírica en la que tampoco son especialmente importantes para disfrutarla las asincronías de guión, la coherencia argumental ni esos bruscos movimientos de cámara parecidos a mordiscos de vampiros. Lo que importa realmente son los retortijones de tripas del espectador. Las palpitaciones del corazón. La sangre corriendo de arriba abajo del cuerpo.
Suspiria es una cumbre del giallo. Un fascinante cruce entre «la dolce vita» y el teatro de la crueldad de Antonin Artaud. Es una filmación épica de los artificios del mundo moderno que concluye con una escena imposible de describir. Una secuencia que impresiona tanto como el rostro demacrado de una bruja cuyo aspecto y feroces gruñidos ponen de manifiesto lo importante que es saber morir. Aceptar que si bien es muy posible que nuestro espíritu sea eterno, el cuerpo es transitorio. Lleva grabado en la piel su fecha de defunción. Y no entender esto, supone una condena. Vernos obligados a comprobar in situ cómo las gozosas carcajadas que emitíamos en nuestra juventud terminan degenerando en malditos llantos. Maldiciones, ecos y voces de muertos. Shalam
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