Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Por otra parte, desde luego que también acostumbran a ser trascendentes las alusiones a ellos que se producen en la literatura. En El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad les consagra un discurso. La embarcación de Charlie Marlow se desplaza lentamente por el río Congo donde los cánticos de los indígenas se mezclan con los rugidos de las bestias y las voces, latigazos y ronquidos emitidos por los soldados ingleses. El joven aventurero contempla ensimismado las ondas de agua, los perfiles de los árboles y las matas de hierba gigantesca que rodean la madera humedecida e invadida por flores salvajes hasta que aparece de nuevo en su mente el obsesivo recuerdo de Kurtz, el comerciante de marfil al que debe matar. Un ángel caído que con tan sólo un gesto es capaz de gobernar a los indígenas y ha llenado su poblado de cruces invertidas bañadas en sangre de cabrito en torno a las que realiza extrañas danzas al amanecer.
En el Doctor Fausto, Thomas Mann realizaba una comparación entre el deseo del airado Adrian Leverkün por componer la sinfonía total con el comportamiento de la luna durante un eclipse puesto que, en cierto modo, desea imponer su voluntad sobre el sol para imponer la noche absoluta. Y en su primera novela, La locura de Almayer, Joseph Conrad hacía referencia a ellos como metáfora de la caótica situación vivida por el melancólico Kaspar Almayer en la isla de Borneo, a orillas del río Pantai.
Un sinfín de penalidades que, de un modo u otro, experimentará el héroe de Conrad antes de suicidarse en una cruenta, maravillosa escena que es uno de los mayores atentados contra el mundo del progreso jamás escrita. La cual, por supuesto, se lleva a cabo mientras la luna comienza a superponerse al sol.
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