Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Otro detalle que me había pasado desapercibido en otras lecturas es la similitud existente entre Transtorno de Thomas Bernhard y el relato de Conrad. En su alucinada inmersión en los parajes agrestes austriacos, Bernhard urde una narración protagonizada por un médico y su hijo, símbolos del humanismo decaído y el ocaso utópico, que se encuentran con toda una serie de personajes y situaciones cercanas al delirio. Compone un fresco espantoso que llega a su clímax con la aparición del príncipe Saurau cuyo absorbente monólogo, parecido a una liana partida o una sinfonía de Shoënberg, retrata el malestar cultural, la esquizofrenia occidental y el ambiente opaco que dio lugar a las dos guerras mundiales con mayor precisión que una bomba.
Creo, de todas maneras, que toda relectura de la novela de Conrad no ha de acabar en ella misma. Podría citar obviamente la monumental versión cinematográfica que realizara Francis Ford Coppola, pero entiendo que para hacer más comprensible su alcance real, resulta más acertado citar obras cinematográficas como Holocausto caníbal o las películas de zombies donde podemos percibir con absoluta claridad aquel horror al que se refería Kurtz. De hecho, aún mejor, basta con salir a pasear por las calles de cualquier ciudad, introducirse en un supermercado, observar el rostro de nuestros semejantes, contemplar un debate político televisado o comprobar el tratamiento que se da a muchos de los emigrantes africanos que intentan acceder a territorios europeos o norteamericanos para terminar de entender la relevancia de un texto que, como sugería Sergio Pitol, está destinado a ser leído y releído por sucesivas generaciones gracias a su opacidad. A que no termina de decir exactamente aquello que desea expresar o tiene que decirnos. Tal vez porque Joseph Conrad, como marino, sintió muy de cerca que los límites del mundo se estaban estrechando al tiempo que los del lenguaje y si deseaba crear una metáfora difícil de controlar y explicar, tenía que hacerla difusa, irracional y esquiva. Tenía que construir un libro repleto de características contrarias al mundo que se intentaba implantar. Un texto, sí, europeo pero con la capacidad de volar como un efrit a través de los territorios donde los monarcas occidentales deseaban encerrar a la población en beneficio del comercio. Las libras y dolares conseguidos gracias, entre otros negocios, el marfil recolectado por Kurtz en los confines del África negra. Shalam
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